CHIQUILLADAS

Estamos en plena Segunda Transición sin darnos cuenta. Y no nos damos cuenta porque esta Segunda Transición fracasó antes incluso de tener lugar, debido al gatillazo de sus líderes. Los nuevos partidos, o más exactamente, los nuevos líderes que iban a eliminar los errores de la Transición original -desde la corrupción a los problemas territoriales- están demostrando ser más infantiles, más incapaces que los que pilotaron la primera.

La razón es bien simple: lo han tenido mucho más fácil, no tuvieron que apechugar con dilemas tan peliagudos como desmontar una dictadura y crear un régimen de partidos, algunos prohibidos anteriormente, bajo la mirada suspicaz del Ejército, la oposición del franquismo sin Franco, las prisas de los perdedores de la guerra civil, sin echar mano de medidas extraordinarias.

Mientras la nueva hornada de líderes se lo encontraron todo hecho, además del cabreo de los españoles tras una crisis económica bestial. Sin embargo, no están dando la talla. El primero en romperse las narices ha sido el primero que salió disparado, Pablo Iglesias, que quería asaltar el cielo, al frente de un gobierno sin tener los votos para ello. Hoy mendiga que Pedro Sánchez le haga sitio en el suyo «aunque sea de ministro de Marina», como se decía en los estertores de la Restauración.

Y parece que ni siquiera eso lo va a alcanzar. Albert Rivera también vendió la piel del oso antes de cazarlo: daba por sentado que su hora había sonado, sobrepasando al PP y convirtiéndose en líder de la oposición. No consiguió lo uno ni lo otro, y hoy intenta que se olvide su negativa a pactar con «el PSOE de Sánchez» negándose a sentarse con Vox a una mesa para negociar pactos de gobierno con el PP. Y Abascal amenaza con dinamitar el único gobierno que han formado juntos, el de Andalucía, no apoyando sus presupuestos si no se les respeta.

Uno y otro alegan que se lo exigen sus votantes. Lo que les exigen sus votantes es que desalojen a la izquierda de cuantos gobiernos puedan. Pero lo que están haciendo es facilitar que continúe en ellos. Son como niños cambiando cromos o disputando quién mea más lejos.

El resultado puede ser que la derecha, a la que pertenecen, puede quedar excluida del poder en mucho tiempo, porque el único que sale favorecido con sus rabietas es Pedro Sánchez, que aprendió de sus prisas de hace unos años -que le costaron salir por la ventana a la calle Ferraz-, y ha adoptado una actitud ambigua, que le permite nadar y guardar la ropa, con Podemos a remolque, aunque no a bordo, los nacionalistas lo más lejos posible y los rivales peleándose entre sí. Lo malo llegará cuando tenga que gobernar, que tendrá que hacerlo, y gobernar, hoy, en España es llorar. Aunque más lloran los que no gobiernan. O se hacen el harakiri, de mentira, como los niños.

Me quedan tres líneas para los líderes indepen. La fiscalía confirma la acusación por golpe de Estado. Si iban de veras, se lo tienen merecido. Si sólo jugaban, también, por engañar a su pueblo.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor