CICLOGÉNESIS CATALANA

La parda neblina del amanecer invernal va a ser atropellada por una ciclogénesis explosiva, un frente atlántico que se llama Ana. La ciclogénesis explosiva en Cataluña es una borrasca que nos amenaza y que podría llamarse Puigdemont-Savonarola en los Países Bajos y Junqueras-Gapón en la cárcel de Estremera. Cuando Arnold Toynbee propuso en su viaje a Latinoamérica que se arrojaran al mar las estatuas de Bolívar, San Martín y O’Higgins, se pensó que el historiador inglés se había vuelto loco.

También criticaron a Marx cuando llamó a Bolívar «canalla miserable» y «dictador traidor». Esa feroz campaña contra los libertadores se basaba en la pertenencia de los caudillos a la nobleza criolla y en la demagogia que usaron para convertirse en mitos del pueblo.

Puigdemont y Junqueras, que ahora se pelean como caudillos taifas por el trono de la Generalitat, son los principales autores de esta borrasca política. Los dos nos sugieren que no eran tan descabelladas las críticas a los héroes de la independencia. Aquellos forjaron un nacionalismo bananero que degeneró después en populismo, éstos han organizado un caos. Con sus camarillas de fanáticos, desde la idealización de la historia y el memorial del agravio, han construido un gran embuste, un tormento que llaman nación y no es sino un disparate. Lo asombroso es que le sigan millones de personas después de haber desbaratado la paz de su tierra.

Los dirigentes del constitucionalismo les avisan cada día de que el triunfo de los sediciosos sería la ruina total. ¿Y qué? ¿Qué importa la ruina -destrucción de empleo, huida de empresas y turistas- cuando esta en juego la liberación de un pueblo? Así se explica el poco desgaste que han sufrido los partidos de la revuelta. Algunas encuestas le dan la victoria a Inés Arrimadas, pero aún en el caso de que venciera, le va a resultar muy difícil formar un Gobierno. Todo puede seguir como estaba: bloqueo o empate entre independentistas y constitucionalistas. Los primeros votarán a un presidente que está en prisión o en busca y captura, arropado por la extrema derecha flamenca.

Es que los votos no se pesan, se cuentan, y no siempre se vota por intereses; a veces se vota por principios, por quimeras y hasta por compasión y, como dijo el filósofo, la compasión degrada tanto al compadecido como al compasivo.

Mariano Rajoy dijo el otro día que el cuento del independentismo ya no da más de sí. «Nadie le apoya en ninguna parte, ya es hora de que en Cataluña se hable de cosas distintas al procés, que se ha acabado y ha acabado mal». Es posible que acierte el presidente del Gobierno pero, de momento, sus deseos no coinciden con los augurios.

Raúl del Pozo ( El Mundo )