El matonismo es uno de los muchos entretenimientos de Podemos porque de los regímenes con los que se besuquea no sólo ha recibido billetes, también doctrina. A Pablo Iglesias le pone ejercer ese dominio de ayatolá con el que se dirige a sus adversarios.

«Cierre al salir», le largó a Espinosa de los Monteros por la nuca mientras se marchaba de la cámara. «Tengan ustedes la decencia de no gritar desde la bancada cuando un vicepresidente está en el uso de la palabra», solicita desde su cima de profeta. A Casado le soltó con ínfulas pasionarias otra advertencia de cacique: «No volverán a formar parte del Consejo de Ministros de este país».

Y su amigo Monedero va por los platós anunciando el ocaso de los periodistas que le preguntan por la caja B o por la tarjeta de Dina y llamando prevaricador al juez García Castellón, que es exactamente el mismo que tan genialmente ha investigado los casos «Púnica» y «Kitchen» contra el PP. Es lógico que con esta afición al gorilismo disfruten tanto organizando aquellarres con Bildu, los maestros de la pendencia por la espalda, o intenten acorralar al Poder Judicial con reformas bananeras.

El problema de Podemos no es Podemos. Es el sanchismo. Distingo a conciencia entre Sánchez y el PSOE porque ya no son lo mismo. El presidente ha cambiado las ideas por el poder y, como buen déspota, primero devoró a su partido y ahora se está zampando el orden constitucional.

Lo suelto a quemarropa y deseando meter la pata: el siguiente barreno que el Gobierno pondrá sobre los pilares del Estado será el rechazo al suplicatorio del Supremo para investigar a Pablo Iglesias. En mi soledad me digo: qué va, eso es imposible.

Y de inmediato me zarandeo: ¿cuántas cosas imposibles llevas vistas ya? Sánchez ha pactado con aquellos con los que vaticinó que no podría dormir, ha nombrado fiscal jefe a la que antes había sido su ministra de Justicia, ha deslizado el indulto a los golpistas catalanes, ha acercado a los presos etarras al País Vasco a cambio de que Bildu le apruebe los presupuestos, ha vetado al Rey, ha impuesto su absolutismo sobre la Comunidad de Madrid por razones estrictamente políticas, ha permitido que sus aliados en La Moncloa vejen al Monarca emérito hasta transterrarlo, ha ocultado los muertos de la pandemia y los informes que le avisaban de que la situación era grave mientras permitía manifestaciones ideológicas, está defendiendo a su vicepresidente de los indicios que lo señalan como un corrupto capaz de crear pruebas falsas para destruir a un tercero…

No me va a caber todo. Pero ya es suficiente para hacerme la pregunta en serio: ¿por qué no va a evitar también la imputación de Iglesias usando el «privilegio decimonónico» -Podemos dixit- del aforamiento, si ha montado una triquiñuela para anular a la oposición en la organización del Consejo General del Poder Judicial poniendo en juego la posición de España en Europa?

El primer batacazo de la clase política se produjo al bajar el límite a la ley y no a la ejemplaridad. ¡La ley! ¿Qué diferencia hay entonces entre un político y cualquier otro ciudadano? Cumplir la ley es una obligación para todos, no un servicio público.

Pensé entonces que habíamos tocado fondo. Me equivoqué otra vez. Ahora tampoco es suficiente el código penal.

La collera Sánchez-Iglesias ha asolado otro órgano vital de la democracia, la igualdad. Para ellos la ley solo ha de aplicarse cuando la incumplen los que piensan distinto. El líder supremo podemita ha manoseado todos los principios que él impuso para la supuesta regeneración de la política.

Todos. Si fuera una persona decente, ya se habría dicho a sí mismo lo que espetó al senador con ese tono de pagafantas que lanza su amenaza cagueta desde la ventana del quinto: «Cierre al salir, señoría». He escrito «persona decente».

Pido perdón.

Alberto García Reyes ( ABC )

viñeta de Linda Galmor