CINCO AÑOS

No me olvido ni conozco a alguien que lo haya hecho. Volvía de un congreso en Huelva y conocí en el tren a la periodista Olga Rodríguez. A mitad de camino ella agitó el móvil: “Ha habido un accidente en tu tierra, un tren”. No volvimos a hablar hasta Madrid. Lo único que nos fuimos diciendo era “dos”, “cuatro” y así hasta que la cifra empezó a ser tan monstruosa que los muertos nos callaron la boca. Entonces, cuando nos despedimos, yo ya iba con un nudo en la garganta porque sabía, aún hechas las llamadas de rigor, que era imposible que de tantos muertos no hubiese nadie que no afectase a alguno de los míos.

Nos lo llamó el príncipe y le dije que de eso nada. Somos personas normales que hicimos lo que cualquier persona normal”, dijo el dueño del bar Varela. Lo que más recuerdo es el silencio del campo de batalla que, tras los soldados improvisados, había sido ocupado por los psicólogos. Y que el primer vecino en llegar al tren accidentado fue Isidro Castaño, el mismo hombre que trece años antes, tras el atropello a una niña en bicicleta en esa curva, dijo: “Tememos nuevos accidentes ferroviarios en el lugar”. Antes de que llegase la alta velocidad, que era más segura.

Se prometieron investigaciones, se prometió llegar “al fondo del asunto”, se prometieron responsabilidades. Cuando se detuvo el maquinista se asumía implícitamente que en España pueden morir 81 personas si un señor se distrae un momento. Cuando empezó a correr el tiempo se asumió que la atención en España dura lo mismo que los entierros, y que después el tiempo erosiona el recuerdo del público y disuelve poco a poco la culpa para transformarla en un designio inabordable: pasó lo que pasó y es lo que hay. Ayer, contra todo esto (lean a Manuel Rivas), se puso en marcha en el Congreso una comisión de investigación. Y allí el presidente de la Plataforma de Víctimas empezó la demolición de la verdad oficial, que siempre consiste en desmontar una ilusión oficial.

Manuel Jabois ( El País )