NI IMPUNIDAD, NI CENSURA

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NI IMPUNIDAD, NI CENSURA

En 1992 la hijastra de Woody Allen, Dylan Farrow, denunció por primera vez los abusos sexuales a los que, según ella, le sometió el cineasta cuando tenía siete años. Desde entonces, las películas de Allen han sido candidatas a los Óscar una decena de veces y uno de sus guiones ha ganado una estatuilla. En el contexto del movimiento #MeetooFarrow ha concedido una entrevista en la que habla sobre aquellos abusos y decenas de actores han expresado su rechazo al prestigioso director, que podría ver frustrado su deseo de rodar nuevas películas.

La condena social a la actuación de Allen prueba lo que ha supuesto el movimiento no sólo en Hollywood, sino en todo el planeta. Como todo movimiento masivo, es posible que tras algunas denuncias se haya escondido el oportunismo. Como también lo es que algunos sectores extremistas hayan querido aprovechar esta catarsis de las celebrities para imponer una visión maniquea y desvirtuada del hombre. Pero #Meetoo ha servido para poner fin a la indulgencia con conductas deplorables, como el acoso y el abuso sexual, allí donde parecía gozar de bula.

Sin embargo, las denuncias hay que probarlas y los tribunales juzgarlas. Por dos veces la causa de Farrow contra Allen ha sido sobreseída. Saludamos el reproche social a estos delitos y el fin de la impunidad de quien los comete; pero en un Estado de derecho, todo no condenado es inocente. Por lo demás, el arte no es la vida: ha de ser juzgado -y protegido- al margen de la calidad moral de su creador. Allen es un genio, y el público soberano tiene derecho a juzgarle absteniéndose de su cine. Pero también a separar a la persona dudosa de la obra indudable.

El Mundo