CINISMO, ÉPICA O CARA DURA

Aceptar la realpolitik requiere dosis de cinismo, asimilación de límites, aprender de la evidencia de que pocos países cambian por sanciones de terceros, convertidos en un enemigo útil que fortalece la cohesión interna. Madurar es asimilar vivir en esta cadena de sobornos, favores y chantajes con la nariz tapada: a ver qué haces con tus aranceles que ya pensaré yo si me deshago de tu deuda; según negociemos en Europa, puedo dejar salir muchas más pateras o reflexiona bien sobre las bombas que a lo mejor te anulo el pedido de corbetas. Hasta Kichi lo ha entendido, ayudado por esa amenaza de cortar el puente Carranza con neumáticos en llamas.

Pero también hay quien se resiste con argumentos más épicos. Occidente no puede dar lecciones de principios morales sin asumir rasguños y sacrificios. Ese papel, con Arabia, lo ha escogido Canadá: relaciones diplomáticas rotas desde que la embajada en Riad escribiera un tuit quejándose de los Derechos Humanos en un país que acababa de detener a las activistas Samar Badawi y Nassima al Sadah y, semanas después, condenaba a muerte a otra mujer, Israa al Ghomgham.

Puede que Trudeau quiera evitar que, en unos años, algún periodista le pregunte, como este verano le ha pasado a Theresa May con el apartheid en Sudáfrica, qué hizo usted para que cayera la segregación de las mujeres en Arabia Saudí. El régimen de la casa de Saud reaccionó con chulería: suspendió vuelos y le dijo a 12.000 universitarios que se recolocaran en otros países.

En el caso de España, esta segunda postura exigiría explicaciones en la bahía de Cádiz. Las debería dar Margarita Robles, chupa de cuero, en un mitin con grúas al fondo, anunciando a los trabajadores de Navantia que serían los mártires de un feminismo que va más allá de llamar patriarcal al nuevo iPhone porque no cabe bien en las manos de las mujeres. Irían al paro con perspectiva de género mundial.

Hay otro argumento: decir que las bombas españolas vendidas a Arabia Saudí no matarán a niños yemeníes. Tan original que nadie tiene la poca vergüenza de plagiarlo ni ponerlo en un pliego de condiciones del BOE.

Berta González de Vega ( El Mundo )