CIUDADANOS O FOROFOS

En  los años de la revolución francesa era un honor que a uno se le llamara “ciudadano” porque cualquier persona, por humilde que fuese, había recuperado esa condición política y social que le reconocían unos derechos de los que hasta entonces  carecía, y podía ejercerlos individualmente,  pero con el tiempo ese término se ha devaluado y hoy casi nadie siente el mínimo pudor de reconocerse “disciplinado militante” de cualquier formación política,  a la que le cede su voluntad y renuncia a sostener su criterio  cuando le repugna la consigna que recibe.

Hoy  solo hay disidentes en las dictaduras, pero esa figura apenas es reconocible en las democracias devaluadas.

Hace unos días  hablaba con un amigo cuyo discurso era una copia de las consignas que repite en  todos sus programas una televisión  a la que no haré publicidad,  y estuve a punto de recordarle una de la sentencias de Groucho Marx que decía: “Yo encuentro la televisión bastante educativa. Cuando alguien la enciende en casa, me marcho a otra habitación y leo un buen libro.»

En la charla a la que me refiero descubrí que mi interlocutor, repetía los argumentos y la doctrina oficial de las sectas ideológicas que tienen un catecismo breve pero inapelable, y no pude evitar acordarme de la serie sobre El Palmar de Troya, emitida últimamente Movistar y que les recomiendo a quienes no la hayan visto porque es un suceso histórico aleccionador.

La conclusión que se deriva de esa historia sevillana con proyección universal evidencia que es posible que gente indocumentada y amoral pueda liderar un movimiento fanatizado,  imponer reglas inapelables, enriquecerse,  someter a sus seguidores y engañarles.

Los forofos del fútbol, que en cuanto se  anudan al cuello  una bufanda con los colores de su equipo son capaces de cualquier exceso,  o los legionarios del siglo pasado que tenían orden a acudir, con razón o sin ella,  en auxilio de un compañero que se hubiese metido en un lio,  han sido sustituidos por los militantes  que obedecen al líder  aunque esté ciego, sea un mentiroso o un corrupto,  como lo fue el Papa del Palmar Gregorio XVII.

Reconozco que hacer paralelismos entre sucesos, personajes, escenarios geográficos y circunstancias distintas puede conducir indefectiblemente a equivocarse,   pero en este caso me aferro una vez más a la lógica inapelable de la filosofía marxista… de Don Groucho,  que se preguntaba “¿A quién va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?”

Disponemos de cuatro elementos para comprobar  si alguien nos quiere dar gato por liebre: la memoria, la vista, el oído y el olfato, porque cuando algo huele a podrido recordamos  cuándo fue a última vez que  vimos o escuchamos a  alguien que nos engañaba.

Diego Armario