Sí, Ciudadanos Pudo ser Vox pero se ha quedado en lo que es hoy: res de res como se dice en mi tierra o en español castellano nada de nada. 

Aun recuerdo cuando en el año 2013-2014 el partido de Albert Rivera quería llegar desde Cataluña a todos los rincones de la península, un partido “joven”  —a mi esto de “partido joven” siempre me ha parecido muy rancio– que había venido a romper con el bipartidismo y a devolver al los españoles el orgullo de serlo. El PP ya estaba muy deteriorado por la corrupción y la propaganda que de ella hacían los medios progres financiados por el propio PP: leña hecha del árbol que se tala a si mismo.

Rivera admiraba a un tal Adolfo que había sido en el imaginario ‘ciudanita’ la condición posibilitante de la transición –aun no conocemos a ese Adolfo–, y si lo fue hay muchos que no lo veían entonces ni tampoco ahora.

El joven abogado hablaba de terminar con la inmigración ilegal, suprimir diputaciones, devolver las competencias de las CCAA al estado, del libre mercado dentro de la protección social básica, incluso de debatir las cuestiones relativas al feminismo hegemónico y el resto de efluvios del marxismo cultural.

Tanto era así que la ‘izquierda podemita’ comenzó a llamarlo “Albert primo de Rivera” o “falangito”; en aquellos tiempos era ciudadanos el partido al que la progresía más distinguida del país le había puesto el san benito del fascismo, y eran sus afiliados los que recibían insultos y pedradas de las hordas postmodernas.  

Lo que no se sabe bien es quien fue el genio que decidió hacer de ciudadanos un PP 2.0 en vez de ocupar el espacio al que había renunciado. La mayoría de las agrupaciones locales de ciudadanos eran escisiones del ala conservadora del PP, renegados por su partido, políticos venidos a menos por haber perdido en el juego de poder interno, y afiliados “fachas” de los que el PP había hecho sus leprosos y a los que había que eliminar a toda costa.

El Partido Popular ya no se sentía a gusto con la derecha tradicional, ahora quería ser aceptado en la corte LGTB que el PSOE le estaba negando, porque era lo dogmático, o dicho de otra forma participar en un negocio que se le estaba escapando como agua entre las manos.

Ciudadanos ha querido ser el PP y ha muerto en el intento, ese espacio ya estaba ocupado, y aunque fue un buen intento pronto se desinfló cuando todo su espacio se lo comió la ideología de sus afiliados que ahora simpatizan con Vox.

A partir del 2016 el partido naranja se extravió definitivamente, emprendió su caza de brujas interna contra sus afiliados “fachas” Rivera se afrancesó y perdió el votó de esa derecha tradicional – pero al menos este a diferencia de Arrimadas opto por el honor del seppuku–, que pudo ver en él a un Abascal Avant la lettre, por suerte llegó Santiago y con el una lección de la que pueden tomar nota todos los progres y pseudo-progres: la tradición está muy viva.

Ahora está muy bien que se pida el Voto para Ayuso en las madrileñas, pero que no se nos olvide que el PP es un flan y sin Vox se perderá por los caminos donde se perdió el viejo Albert. El PP y Vox tienen que darse cuenta de que son familia, unos más tibios y otros menos, pero se necesitan recíprocamente.

En mi opinión lo prudente sería una coalición para las generales sin fusión de partidos, pero que agrupase a las familias tradicionales de la derecha.

A ver si Teodoro se da cuenta de que con esto se salva él, su mirlo blanco y su partido, y tanto él como Santiago que si hacen coalición en las próximas generales ganan de calle.

Si el PP no recapacita su actitud nos condenará a muchos años de frente popular, su partido irá desapareciendo paulatinamente, y poco a poco Vox ganará todo su espacio electoral.

El PP está a tiempo de evitar su caída irremisible.

Carlos Ferrández López ( El Correo de España )