CIUDADANOS: ROMÁN PALADINO

Epiménides, el cretense, estuvo 57 años sobando, aunque Plutarco dice que no fueron tantos. Quizás fue el que dijo cuando se despertó: “Vísteme despacio, que tengo prisa”, que no es un contrasentido, como tampoco lo es “la razón de la sinrazón”. Epiménides enunció con brillantez el absurdo que encierra la paradoja cuando dijo: “Todos los cretenses mienten”. Los demagogos, los filósofos, los geómetras, los astrólogos se enredaron, porque al afirmar el filósofo que todos los cretenses mentían llegaron a la conclusión de que o bien Epiménides mentía si decía la verdad o bien decía la verdad si mentía.

En las contiendas políticas españolas no es que digan la verdad si mienten, es que se pierden en sus propias paradojas, cambiando de eufemismos y “argumentarios” cada semana. Prescinden del lenguaje llano y claro, pasan de la nación de naciones al 155 según la geografía, y del lenguaje de lo políticamente correcto a las acusaciones de corrupción. Cada vez se alejan más del lenguaje en el que -desde Gonzalo de Berceo– suele el pueblo hablar a su vecino.

Es paradójico que entre los católicos haya ateos; en la izquierda, millonarios; y en la derecha, obreros. Pero lo es mucho más que en los partidos estatales haya separatistas empotrados. Tan contradictorio es ser de izquierdas y nacionalista como ser cretense y veraz. Los nacionalistas también hablan de manera diferente antes y después del 155. Antes querían irse, ahora aceptarán otra vez quedarse en España siempre que sea en el vagón de primera, pero lo expresan con lenguaje críptico. Los partidos estatales, especialmente las izquierdas, se han embarullado: unas semanas apuestan por la Constitución; otras, por reformarla o destruirla; y algunas veces insisten en la paradoja de la España plurinacional.

Félix Ovejero es uno de los pocos pensadores de izquierdas que se han atrevido a decir que el nacionalismo es chatarra intelectual. “Se han acostumbrado a escupir al resto de los españoles”, declaró hace unos meses a Emilia Landaluce. Pero la mayoría de los ideólogos de guardia siguen con la jerga de la doble militancia en la cuestión nacional.

Del estilo enrevesado y paradójico de los políticos se salva Albert Rivera, que propone con claridad un patriotismo moderno. Por su parte, Inés Arrimadas pide un voto claro, nítido, sin complejos. Ciudadanos, que ya se enfrentó en las catacumbas del procés a los separatistas, sigue hablando en román paladino, mientras los viejos y nuevos partidos insisten en sus paradojas. Quizás sea ésa una de las razones de que Ciudadanos sea el único que crece, según las encuestas.

Raúl del Pozo ( El Mundo )