EN CLAVE DE GROUCHO MARX

Ni sí ni no sino todo lo contrario. Tras largas horas de vodevil, el presidente Puigdemont compareció ayer para dejar constancia de que no iba a suceder algo que los independentistas habían asegurado que era imposible que sucediese: la convocatoria anticipada de elecciones.

Lo que pasó a lo largo de toda la jornada no fue digno de un relato de Franz Kafka, como señaló Inés Arrimadas en el Parlament, sino que más bien evocó aquella escena de la película de los hermanos Marx en la que los protagonistas entran y salen de un camarote en el que se forma un lío monumental y nadie sabe por qué está allí.

Habría que recurrir a un talento como el de Groucho Marx para relatar el esperpento en el que los independentistas han convertido un proceso que cambia cada cinco minutos, en función de la última persona que susurra en el oído de Puigdemont.

El miércoles por la tarde Oriol Junqueras daba por segura a una agencia internacional la declaración unilateral de independencia. Ayer por la mañana, todos los medios anticipaban un adelanto electoral, citando a fuentes de la Generalitat. Y, horas más tarde, se especulaba con que Puigdemont iba a convocar las elecciones y, a la vez, declarar la independencia. Finalmente el presidente compareció para volver a echar la culpa a Rajoy de todo lo que acontece en Cataluña en una intervención lacrimógena que no despejó ninguna duda.

Puede que los independentistas declaren la independencia en las próximas horas. Pero no dejará de ser como trazar una raya en el agua porque la aplicación del artículo 155 es ya inevitable. Tras lo visto ayer en el Parlament, al Senado no le queda otra alternativa que tomar el control de los mossos y suspender al Gobierno de Puigdemont.

Nadie tiene una bola de cristal para adivinar el futuro, pero lo que ha quedado claro en los últimos días es la falta de liderazgo del presidente de la Generalitat, que ha demostrado una indecisión patética y un miedo cerval al sonar la hora de la verdad.

Pedro García Cuartango ( ABC )