La cleptocracia que padecemos no tiene enmienda y carece de remedio. No hay antídoto ni esperanza. No existe alternativa, ni siquiera la que como tal se proclama, pues también juega con los naipes que le dejan y le echan aunque, de vez en cuando, brinde un gesto que al sonar desafinado en el Orfeón del Consenso acude siempre a templarlo en el bálsamo constitucional con más furia, por supuesto, que la derrochada en el gesto excéntrico.

Ese es el límite infranqueable del Edén de la cleptocraciaquenoshemosdadoLa Constitución. Los frutos que están más allá son como los que Eva le ofreció a Adán, porque ninguno de ellos, ninguno, quiere ganarse el pan con el sudor de su frente, ni atravesar el desierto de la marginalidad en busca de la España Prometida, que no es un proyecto, ni una ficción ni una entelequia, es una realidad que la cleptocracia política, académica y periodística han cubierto de otra Leyenda Negra que la hace indeseable en la misma medida que presenta como irremediablemente apetecible la España sin identidad y sin rumbo que saquea con sus leyes y sus diezmos las vidas y las haciendas de sus súbditos democráticos.

Estúpidos súbditos que votan lo que detestan y acuden a las urnas en cuanto suenan las flautas electorales para entronizar en el Poder a políticos a los suspenden sistemáticamente en todas las encuestas en las que pòr ellos se les pregunta; y sin embargo les votan, siempre, masivamente, alegremente acuden a lo que han dado en llamar la fiesta de la democracia permitiéndose, además, el ridículo lujo moral, de mirar con desdén a los que conociendo el tinglado de la vieja farsa se  niegan a avalar con una papeleta y un voto a los rufianes de la cleptocracia, y a formar parte del rebaño plebiscitario que acude a las urnas como las putas baratas a los extrarradios de Babilonia, esperando la caricia del señorito, siempre zalamero en el coqueteo electoral, que deviene chulo cuando se ha saciado en la coyunda del voto.

No hay esperanza, no la busquéis, en el Edén de la cleptocraciaquenoshemosdado ni en el Paraíso constitucional, jardines capaces de comprar y corromper con lujo, prebendas y escaños incluso a los abruptos centuriones que un día izaron las banderas de la España Prometida.

Todos mordieron la manzana. Todos.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )