La votación de la demediada Ley de la Reforma Laboral ha dado oportunidad a la ciudadanía para contemplar, desde la primera fila del patio de butacas, cómo los excrementos de la sociedad española, representada por sus elegidos, están saliendo, una vez más, por ese inodoro conocido como Parlamento.

Las tuberías, abarrotada la cloaca de inmundicia, han reventado por enésima vez, y ni los fontaneros políticos, que se manejan en lo pútrido mejor que ratas por alcantarilla, han sido capaces de reparar el daño a tiempo.

Ni siquiera la mano blanca de las televisiones venales, que sólo comen a cuenta de su permanente blanqueo de sepulcros y de contar las glorias de sus depositantes, van a poder hacer otra cosa, tratando de recoger la mugre, que subrayar la sordidez que nos asfixia. Pero ¿cómo anunciar en un mundo de miserables que el ejercicio de la justicia verdadera y de la religiosidad inherentes a la dignidad humana son el único progreso, paz y vida posibles?

Cuando la casta política, que no tiene conciencia de las víctimas y por eso es vil e inmisericorde, percibe que el orden capital-comunista corre el mínimo riesgo, llaman a los intrigantes para que con sus argucias de truhanes salven una vez más los dictados oligárquicos, aun a costa de violar todos los derechos personales, sociales, éticos y políticos. Tanto la codicia capital-socialista. como todos sus ideales conjuntos han demostrado ya hasta la saciedad su escandaloso engaño: poder y dinero, y a repartir.

Es en este mefítico contexto, bajo la piqueta de los desguazadores de la patria y ante la renuncia a defender los fundamentos elementales por parte de quienes encabezan las instituciones, cuando nos encontramos con unas inmediatas elecciones para que prosiga una comedia que está a punto de convertirse en tragedia, si es que no lo ha hecho ya.

Las elites poderosas, de la mano de los incesantemente renovados movimientos progresistas, son sólo detritos para incinerar, pero muchos ciudadanos prendidos aún al señuelo del consumo, no han caído en la cuenta de que junto a esta basura que llamamos poder, ellos también forman parte del vómito nacional o universal.

Y así nos encontramos con que un tercio de los electores está compuesto por una plebe resentida que abraza el odio y la cochambre, y que otro tercio constituye una plebe esclava que, cegada por el hedonismo del mercado, ama las cadenas.

Aunque sólo fuera por estas razones, descriptivas del amplio sumidero que nos acoge, habría que concluir que las elecciones democráticas no son una panacea, lo cual no es un aserto novedoso, pues ya Platón dudaba del «gobierno del pueblo» que, en definitiva, no deja de ser una ficción.

El filósofo griego dejó escrito que «si es necesario decidir juiciosamente, es mejor decidir por la rectitud, no por la cantidad». Pero ¿dónde se halla hoy la rectitud, y dónde la persona o personas que pudieran encabezarla?

Lo antedicho, que no pueden aceptarlo los mantenedores de un Sistema cuya existencia, dada la falta de credibilidad de los medios e instituciones implicados en la farsa, depende, entre otras cosas, de unas elecciones insolventes, lo dicta el sentido común de cualquier observador imparcial.

Y una nueva prueba para la desconfianza se acaba de producir, como digo, en la votación de la nueva Ley de la Reforma Laboral. Sin embargo, la fétida atmósfera que exhala la partidocracia les parece aroma de jazmines a sus obstinados votantes.

Todo se agrava, además, por la vigencia de una justicia injusta y de una información falsa. Entre los medios informativos venales ya nadie se acuerda del fin social del periodismo, de que su compromiso va dirigido en exclusiva hacia la verdad y hacia sus lectores.

Envueltos en espeso cinismo saben, dentro del círculo vicioso en que se hallan, que degradando mensajes o vendiéndolos al mejor postor, han perdido su independencia y aceptado la propia infamia, y con ello se permiten despreciar al ciudadano y deshonrar el mensaje mediante su comercialización.

De este modo, el ciudadano libre no tiene quien lo oriente y defienda informativamente, y se halla a merced de los mensajes y opiniones contaminados. Así, el mercantilismo y el autoritarismo contemporáneos han conseguido conformar un individuo impersonal que sólo cuenta como claque y como objeto de consumo para los poderes fácticos.

No sólo este periodismo venal ha abandonado al pueblo en lo que respecta a sus intereses socio-laborales, económicos y políticos; sobre todo le ha dejado huérfano en la defensa de lo más crucial: sus derechos humanos y libertades, su dignidad como persona.

De ahí que el sumidero sea general y que no sólo estén corrompidos los plutócratas y sus sicarios políticos, o los informadores e intelectuales áulicos, o los artistas de «la ceja», ese mundo empesebrado de la cultura; también, por desgracia hay corrupción entre el pueblo, pues corrupciones, como zapatos, las hay de todas las medidas y de todos los estilos. Y cada cual se calza la suya.

También el gestor, el fontanero y el encargado de cuidar de nuestra seguridad. Porque nada es tan contagioso como lo que desciende de las alturas, sobre todo si, siendo malo, beneficia a su protagonista. Corruptos, corruptores, corruptibles, dirigiéndose a las urnas mientras miran de soslayo las migajas que les echa un Estado agusanado y esclavista. Si a los que admiran a los ladrones les llega la hora de votar, ¿a quién o a quiénes votarán? No, por supuesto, a honrados ni a prudentes. De ahí que entre los políticos no podamos hallar alguno de éstos, salvo excepción.

La polvareda que envuelve a todas las campañas electorales, algo amortiguadas en los últimos tiempos por la tramposa y aún omnipresente alarma vírica, se está viendo aminorada también por la apatía y desesperanza social, y sobre todo por la convicción de un nuevo fraude, bien sea directamente electoral o postelectoral, considerando los subsiguientes conchabes, algo endémico ya bajo la casta política y que se recrudece con los gobiernos frentepopulistas.

Pero eso no impide que haya lucha por el poder en el seno de la partidocracia, ni de que traten todos sus integrantes de colocarse en posiciones de ventaja, pasando de puntillas sobre los asuntos escabrosos y poniendo el énfasis en aquellos aspectos más proclives a la demagogia. Lejos de hablar de reajustes, de sacrificios, de dificultades… dedican su tiempo a prometer lo que el vulgo quiere oír y a disparar con pólvora del rey. Sabiendo, por supuesto, que las promesas electorales están para no cumplirlas.

¿Cómo una persona en su sano juicio puede votar a esta hornada de repugnantes políticos que venimos padeciendo durante décadas? ¿Cómo un ciudadano puede votar a quien lo humilla y engaña, una y otra vez? La respuesta es simple: porque él está también dispuesto a robar y a traicionar.

Y es en este contexto donde ha de entenderse la necesidad de transformar la irrealidad que han provocado los secuestradores de la casta política en clara y digna realidad, así como de insertar a los ciudadanos, junto a los teólogos y a los intelectuales auténticos, en los procesos de transformación.

Insistir en que la mejor manera de acabar con la degradación actual es confrontar los métodos fraudulentos y las leyes totalitarias del Sistema con la realidad, con la vida. Porque esta confrontación desenmascarará los descarríos globalistas, sus engaños, sus aberrantes razones, sin íntima conexión con la naturaleza vital. Este es el camino para restaurar el orden social, y esta es la esperanza.

Convencidos de que no será esta crisis originada por el colectivismo globalista la que, alimentando peligrosas visiones, acabará con los ideales cívicos y humanitarios, arraigados en los sustratos más profundos del hombre.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )