COBARDE MUÑECO ROTO

Entre la humareda de una investidura de Pedro Sánchez que empieza a oler mucho a tongo (no hay más que ver el CIS) y otra ya fallida en Murcia para vergüenza de Vox y Ciudadanos, ha pasado prácticamente desapercibido el bochornoso espectáculo protagonizado el pasado martes por el prófugo Carles Puigdemont en la frontera entre Bélgica y Francia. Una espantada a medio camino entre la ópera bufa y el esperpento, no por anunciada menos estigmatizante. Un ridículo sin paliativos al que no hay político que sobreviva.

El «expresident» con ínfulas de líder histórico y aspecto cada vez más parecido al de Chaplin en El gran dictador ya había dado pruebas sobradas de su cobardía. Huir escondido en el maletero de un coche para instalarse a todo lujo en un palacete de Waterloo, mientras sus socios de intentona golpista se enfrentaban a las consecuencias de ese desafío en la cárcel, era suficiente demostración de su catadura moral, entre otras razones porque Junqueras y demás presos estuvieron y siguen en prisión preventiva precisamente porque Puigdemont y otros cobardes como él escaparon a la acción de la Justicia.

Pero lo del martes, el numerito de los autobuses fletados en balde por los incondicionales del lazo amarillo para recibirle en Estrasburgo en olor de multitud, la espera festiva del mesías por parte de esa secta enfervorecida y el plantón final, el monumental mutis por el foro de un hombrecillo incapaz de vencer el miedo paralizante que le produce ser detenido… Eso supera todo lo visto hasta ahora.

No es de extrañar que su partido, compuesto por los escombros que dejó el descalabro de CiU, esté en caída libre, mientras ERC crece en número de votos y en protagonismo. No son mejores en ningún sentido, pero al menos sus dirigentes muestran algo de gallardía.

Me cuesta entender que alguien tan pusilánime, tan traidor a sus propios compañeros, tan carente de valentía como escaso de atractivo intelectual pueda conservar algún respaldo popular. Claro que el dinero público hace milagros y su lacayo, Torra, dedica todos los recursos de la Generalitat, que son cuantiosos, a mantener viva la llama de una ficción independentista republicana que ni existió ni existirá, salvo en los sueños de una masa amorfa intoxicada de propaganda.

¿Qué habría ocurrido si el 155 de la Constitución se hubiese aplicado como demandaban la situación y el sentido común; es decir, por un período más largo, privando a las fuerzas sediciosas de ese inmenso caudal de dinero salido de nuestros bolsillos? Probablemente las cosas serían muy distintas, especialmente para el grotesco personaje atrincherado en su madriguera belga, cuya Waterloo amenaza seriamente con tornarse Santa Elena.

Pero tiempo al tiempo, que todo llegará. Por más que se engañen e intenten engañarnos los cabecillas del «procés» con el soniquete de que la Justicia europea ampara sus actuaciones e incluso sus pretensiones, nada más lejos de la realidad.

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha dado la razón a España en su negativa a otorgar un acta de diputado a quien no se ha presentado a recogerla en su país natal, tal como demanda el ordenamiento jurídico, y lo mismo cabe esperar del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, donde, desde que salió de allí el socialista López Guerra, cuyo papel fue determinante para tumbar la doctrina Parot, en cumplimiento de los acuerdos suscritos por Zapatero con ETA, el Estado español ha ganado prácticamente todos los recursos presentados por etarras y gentes de semejante calaña. Europa no ampara a criminales, sean terroristas, golpistas, vascos o catalanes.

Isabel San Sebastián ( ABC )

viñeta de Linda Galmor