No es justicia poética, sino simple mecánica de las cosas que Ada Colau, que se hizo un nombre como princesa demagógica del desahucio, es decir, debilitadora de la propiedad ajena, se haya hecho alcaldesa de la Barcelona de la okupación y la inseguridad, debilitando la de todos.

Con esa ejecutoria, le queda a Colau dedicarse, como tantos, a la memoria histórica y al simbolismo de salón (no de balcón) con la bandera Lgtbi de mascarilla (esto sirve, curiosamente, de mordaza para el otro y vela sus palabras de un mudo encanto «quedabien»).

Por eso, parte de su actividad reciente, además de intentar que Messi no pueda ejercer su derecho a decidir, es tocar el «medallero». Ir retirando ahora las medallas que puso la fastuosa Barcelona del 92.

No es solo que la ciudad haya iniciado la tarea de retirarle a Franco lo que a Franco otorgó, gran proeza culé, es que se desdice como institución de lo que hizo en 1992, antes de ayer en términos históricos. ¿A qué clase dirigente, élite voluble o San Vito popular retrata este quita y pon?

Estos movimientos, originados casi siempre por el independentismo, no afectan, sin embargo, a todos por igual. Se le ha retirado la medalla a la Infanta Cristina, a Jordi Pujol y ahora a Don Juan Carlos, pero no a Felipe González. Porque cuando el nacionalismo lo pretendió, recordando el GAL, Colau lo frenó con el argumento de que era necesaria una sentencia judicial.

Como entre los dones de Colau está la reversibilidad, la ausencia de tal cosa no ha sido obstáculo para que se le retire ahora a Don Juan Carlos gracias a su estratégica abstención. Porque la postura de Colau y su grupo municipal no tiene que ver con un escrúpulo institucional.

Se abstuvo porque la iniciativa sometida a votación incluía una reprobación al Gobierno y eso ya sí que no. Muy al contrario, la alcaldesa quiso dejar claro que a republicana no le gana «naide» y que ella ya le retiró al antedicho una plaza y un busto.

La alcaldesa hace como el chiste: «Soy su líder. ¡Tengo que ponerme detrás de ellos!» y demuestra que sus objeciones al nacionalismo son sólo cuestión de oportunidad: está con ellos hasta que eso pueda molestar al gobierno y a sus posibilidades en el trapecismo político.

Bien mirado, hay que reconocérselo, Colau hace un uso acrobático del reducido espacio que va quedando entre la institucionalidad socialista, con vocación de rodillo, y la nacionalista, con aspiración de apisonadora, como una Pinito del Oro en este instante de la pillería nacional descrito por Sánchez como lo «cuasifederal», punto exacto de la oscilante piñata española.

Hughes ( ABC )