COLAU O EL REGRESO DE LA TRIBU

La responsabilidad a veces consiste en ignorar las provocaciones, pero en la mayoría de los casos exige tomarlas en serio y darles respuesta firme. El primer supuesto de responsabilidad corresponde al Rey Felipe, que como cada año se ha volcado con el Mobile World Congress. En aras del interés general de Cataluña y de toda España, ha defendido su permanencia en Barcelona al precio de recibimientos hostiles y desplantes bochornosos del nacional-populismo, actitud que retrata a la vez la mediocridad de sus correligionarios y la dignidad del jefe del Estado. El soberanismo discurre por los cauces de la autodestrucción, lo que obliga al constitucionalismo a proteger Cataluña primeramente de aquellos que más dicen amarla.

El segundo supuesto, el que demanda del poder ejecutivo una constante vigilancia, interpela al Gobierno de Mariano Rajoy, que tiene actualmente atribuidas las competencias de la Generalitat en aplicación del 155. Desde las páginas de este periódico hemos criticado que Rajoy no aprovechara esta herramienta constitucional para corregir los desórdenes institucionalizados impunemente por décadas de nacionalismo desleal en el poder; por eso mismo, debió destituir al secretario catalán de Telecomunicaciones, Jordi Puigneró, cuando anunció su desafiante plantón al Rey. El Gobierno lo descartó por no añadir tensión: se limitó a advertirle por carta de que se atuviera a las consecuencias si no rectificaba. Y Puigneró se presentó ante Felipe VI, aunque exhibiendo el lazo amarillo como símbolo naíf de discrepancia.

En la reciente historia de la irresponsabilidad catalana merece capítulo aparte Ada Colau, que gradúa sus desaires al Estado con demagógica cuquería, entre el electoralismo ostentoso y la docilidad privada. Así, no acudió a lo que llama “besamanos” del Rey por reputarlo un acto de “vasallaje”, si bien su sobrevenido celo republicano no le impidió el año pasado saludar a Don Felipe con total normalidad en idéntico trance, ni le persuadió de no acudir luego a la cena de gala, en la que ocupaba la misma mesa que el Monarca.

Todo en Colau es gesto calculado, y más que a sus éxitos de gestión, confía a ese cosmético equilibrismo la expectativa de revalidar su cargo el año que viene. El sentido institucional de Colau, si alguna vez lo tuvo, fue ahogado por el sectarismo. Ha renunciado a la representación de todos los barceloneses en beneficio de la minoría que aplaude su repertorio gamberro. Su irresponsabilidad infantil llega hasta el punto impúdico de revelar una conversación privada con el Rey, ante quien habría deplorado las cargas del 1 de octubre, y del que habría recibido una respuesta intachable: “Yo estoy aquí para defender la Constitución”. Que debería ser también para lo que está Colau y no está.

El comercio y las instituciones se inventaron para superar la tribu. Pero hay quien añora el primitivismo.

El Mundo