COLAMUS

Si a muchos les parece lo más normal que el Gobierno se dedique a la profanación de tumbas y a decir a los españoles dónde han de estar enterrados los respetables restos de sus mayores ya fallecidos, comprenderán que aquí, como es marca de la casa, tome la otra cara de la moneda de este triste asunto y tratemos de poner al menos una sonrisa, o un par de ellas, en un tema que, como el «golpe de ataúd en tierra» del verso de Antonio Machado es algo completamente serio.

Se les van los mejores. Digo que se les van los mejores a los que se oponen a la profanación de tumbas e incluso a todos los que añoramos aquellos tiempos de la reconciliación nacional y de la concordia que vinieron con la restauración de la Monarquía y la promulgación de la Constitución de 1978.

Valiosos logros que Zapatero borró de un plumazo de la noche a la mañana y Sánchez continúa con la pala de Juan Simón, desenterrando odios, rencores y revanchas y olvidando las palabras de don Manuel Azaña que todos los españoles habíamos hecho nuestras: «Paz, piedad, perdón».

Se les van las mejores a los que se oponen a vuelta a las dos Españas porque hubiera sido facilísimo evitar la profanación de la tumba de Franco, dictador al que las generaciones actuales ni conocían y sólo recordaban «los más viejos del lugar», como se decía antaño ante las catástrofes y los sucesos insólitos.

La solución hubiera estado en Treviño. Sí, al modo del Condado de Treviño, tenían que haber declarado a Cuelgamuros territorio de Cataluña, donde toman al Supremo por el pito de un sereno. Colgamurs, vamos. Declarado Cuelgamuros territorio catalán, podían haber venido las sentencias del Supremo diciendo lo que les diera la gana, de tres en fondo, que, total, como en Cataluña no se cumplen y No Passssa Nada, nadie hubiera osado ¿qué digo yo levantar una pesada losa en la profanación de tumbas contra la voluntad de los descendientes del inhumado, sino ni tocar un azulejo del cuarto de baños de visitantes del Valle de los Caídos?

Porque esto es lo más contradictorio en todo el triste asunto que ha venido a desenterrar tantos odios y tantos absolutorios olvidos. ¿Por qué esa prisa en los dictámenes del Supremo, si hay asuntos que se llevan años y años sin que nadie mueva allí un papel?

¿Y por qué tan rápido cumplimiento de lo que dice el Tribunal Supremo si, como constato, en Cataluña, desde hace muchísimos años, no se cumple absolutamente nada de lo que dicta el alto tribunal y No Passssa Nada, y a los lazos amarillos en el balcón del Palacio de la Generalidad me remito?

Y si me aguantan la risa un poco en este tristísimo asunto al que quiero poner unas gotas de humor para alejar la indignación tan honda de tantos, aparte de haber convertido a Colgamurs en territorio de la autonomía catalana «in partibus indifelium», tengo otra solución que no sé cómo no se les ha ocurrido a los que han tratado de impedir la tropelía histórica que van a perpetrar para ganar votos de los revanchistas y de los que no conocieron a Franco ni en la película de Sáenz de Heredia, que me imagino estará prohibidísima, entre otras cosas porque no es de Amenábar.

¿No dicen que Colón era catalán de toda catalanidad? ¿Por qué entonces, querido Luis Felipe Utrera Molina que tanto te has batido el cobre, no habéis dicho que Franco era catalán? ¿Por qué no habéis demostrado de que eso de que Franco era del Ferrol es una mentira histórica, que en realidad era de Esplugas de Llobregat, y que no se llamaba Francisco Franco, sino que su verdadero nombre era Francesc Franc?

Y si Franco era catalán, ¿quién se iba a atraver entonces a tocar nada en Colgamurs, territorio de esa autonomía catalana separatista que se pasa por el forro de la barretina las sentencias del Tribunal Supremo sin que ocurra absolutamente nada?

Antonio Burgos ( ABC )