Hace dos días me enviaron un video, de marzo de 2020, en el que con la excusa del Covid, la presidente de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, nos enseñaba como lavarnos las manos empleando la menor cantidad de agua posible. No sólo te protegías del virus, sino que también salvabas el planeta.

Ese era el guion entonces, y ahora, olvidando el virus pero siguiendo con la excusa del cambio climático y la agenda verde, la Comisión Europea, a la que ningún europeo ha votado para enseñarnos cómo tenemos que vivir, ha empezado una potente campaña para decirnos qué tenemos que comer.

El origen de esta campaña, detallado en un artículo publicado en Demokracija, se encuentra en junio de 2021, cuando tres insectos fueron declarados aptos para el consumo humano por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria. Desde entonces, cada vez más organizaciones y medios de comunicación promueven los beneficios de una dieta basada en insectos en lugar de carne para los ciudadanos europeos.

Una campaña reproducida en España por el ministro de Consumo y Huelgas de Juguetes, Alberto Garzón, y por medios como El País. Para la Unión Europea la alimentación a base de insectos es tan importante que colabora estrechamente con la International Platform of Insects for Food (Plataforma Internacional de Insectos para la Alimentación – IPIFF), una organización sin ánimo de lucro que representa los intereses del sector de la producción de insectos y cuya “principal misión es promover, informar y apoyar un mayor uso de los insectos como fuente complementaria de proteínas para el consumo humano y la alimentación animal”.

Su página web publica artículos sobre los beneficios de la rápida transición de la industria alimentaria a los piensos a base de insectos, y de que los europeos abandonen la carne por una dieta basada en insectos. “Los insectos comestibles tienen un perfil nutricional bien equilibrado para responder a las necesidades alimentarias del ser humano”, afirma la IPIFF, que espera que los insectos se conviertan pronto en un componente ampliamente aceptado de las dietas occidentales, como lo son en la India o en África.

Además, en un momento de crisis energética, la cría de insectos también requiere mucha menos energía y pienso. En la actualidad, para producir un kilo de carne de vacuno se necesitan 15.500 litros de agua, 20 kg de pienso y 250 metros cuadrados de tierra, mientras que para producir un kilo de insectos aptos para el consumo humano sólo se utilizan 5 litros de agua, 1,7 kg de pienso y 3,6 m2 de tierra.

Más que una cuestión de salud, la élite de Bruselas está introduciendo otro ámbito de restricciones para obligar a los ciudadanos de a pie a ahorrar en la Unión Europea. De hecho, la UE también ha financiado el proyecto Susinchain con casi 10 millones de euros en el marco del programa Horizonte 2020 para hacer frente a las barreras de los piensos y alimentos a base de insectos. Su objetivo es “allanar el camino para una mayor ampliación y comercialización del sector europeo de los insectos, lo que dará lugar a una sustitución de la proteína animal por la proteína de insectos del 10% en los piensos y del 20% en las dietas humanas, y a un aumento de mil veces tanto de los volúmenes de producción como de los puestos de trabajo en 2025”.

Lógicamente, por muy “rentable” o “ecológico” que sea el consumo de insectos, la mayoría de los europeos no estarían dispuestos a comer ensaladas de gusanos sin una buena campaña de concienciación por parte de los principales medios de comunicación.

The Guardian publicó hace unos días un artículo sobre los gusanos de la harina y el descubrimiento de un grupo de investigadores surcoreanos.

Los científicos cocinaron gusanos de la harina, la forma larvaria del escarabajo amarillo de la harina, con azúcar, y descubrieron que el resultado es un sabor similar al de la carne que algún día podría utilizarse en la comida preparada como fuente de proteínas.

Por su parte, la BBC ha publicitado un proyecto de la Universidad de Cardiff y la Universidad del Oeste de Inglaterra cuyo objetivo es animar a los jóvenes a comer insectos. “Los grillos, los saltamontes, los gusanos de seda, las langostas y los gusanos de la harina se discutirán con los alumnos como alternativas a los platos tradicionales de carne durante talleres especiales”, escribe la BBC. Christopher Bear, de la Universidad de Cardiff, dijo: “Queremos que los niños piensen en las proteínas alternativas como cosas reales para ahora, y no sólo como alimentos para el futuro, así que probar algunos de estos alimentos es fundamental para la investigación”.

Ambos medios señalaron que comer insectos sería deseable desde el punto de vista de la protección del medio ambiente y del clima. Señalaron que los animales de granja necesitan tradicionalmente mucho espacio, mientras que los insectos no ocupan mucha tierra, agua o alimento. Además, a diferencia del ganado, la cría de insectos produce menos gases de efecto invernadero y, como se reproducen rápidamente y tienen una vida más corta, pueden ser criados en grandes cantidades.

Pero ¿a dónde nos lleva esto? Si la respuesta fuera que los europeos van a poder elegir si quieren cambiar sus hábitos alimentarios, no habría nada que objetar. Sin embargo, la deriva totalitaria de la Comisión Europea, que busca imponer su doctrina ideológica a base de sanciones y prohibiciones, sólo puede conducirnos a la estigmatización y finalmente a las restricciones del consumo de carne. De hecho, los ataques contra la carne ya están abandonando el plano dialéctico para convertirse en una realidad.

En Alemania, el partido Verde en el parlamento de Bremen ha pedido a la población que reduzca drásticamente su consumo de carne, lácteos y huevos. Para salvar el planeta, todo el mundo debería consumir un 75% menos de alimentos y bebidas de origen animal.

Los Verdes pretenden llevar esta propuesta al Parlamento Federal y han anunciado que pronto iniciarán negociaciones con sus socios de la coalición gobernante y con la oposición. En Holanda, la ciudad de Harlem acaba de prohibir los anuncios de carne para no contribuir al “calentamiento global”. Esto no ha hecho más que empezar.

Álvaro Peñas ( El Correo de España )