CÓMO CARDARSE UN PARTIDO

Cuando vivía José Manuel Lara Bosch, hijo y sucesor del fundador de la editorial Planeta, solía continuar la tradición de su padre con la extinta e interesantísima colección «Espejo de España», cuyo catálogo es un tesoro de memorias políticas y autobiografías de protagonistas de la Historia de nuestra nación en el siglo XX.

Esa costumbre era ponerle un cheque en blanco por delante a los políticos que acababan de abandonar el poder, para que escribieran sus memorias. Si Lara viviera, seguro que ya habría visitado a Albert Rivera, y le hubiera puesto por delante el consabido cheque en blanco.

Pero no para que escribiera sus memorias, sino lo que ahora se llama «un libro de autoayuda». Que se titulase: «Cómo cargarse con mucho cuidadito un partido en el que millones de españoles tenían puesta su esperanza». Y sería de gran utilidad ese libro, porque pasar directamente de competir con el PP como primera fuerza para llegar a La Moncloa a empatar en La Romareda en expectativa de votos con Vox o Podemos tiene que ser una tarea de titanes, para la que no todo el mundo está caspacitado, pero en la que Rivera parece un experto.

En menos de horas veinticuatro, como Lope pasaba sus pensamientos de las musas al teatro, ha conseguido dejar huérfanos de papeleta a millones de votantes del 10-N.

Veleta. Sí. Así le llamó hace mucho tiempo Santi Abascal a Ciudadanos: el Partido Veleta. Nos creíamos que era una salida más por los cerros de Úbeda de Vox, pero resulta que no. Que, como decimos en Sevilla, le estaba dando «en tó er bebe». Hay partidos-torre, que resisten temporales sin moverse un milímetro de sus principios, y partidos-veleta, de los que Ciudadanos es paradigma.

Hay que tener poca memoria de la última noche electoral en la calle Ferraz, cuando los enfervorizados votantes socialistas de Sánchez coreaban: «Con Rivera, no; con Rivera, no». Pues Rivera quiere que sí. No ha tenido en cuenta la filosofía popular de aquel cante de los Hermanos Toronjo: «Que la veleta/ si el aire no la mueve,/ se queda quieta». Nada, no se ha podido estar quietecito y ha querido ser el aire.

¿Y por qué ahora, precisamente ahora, se pasa a los del otro bando, y dice que está dispuesto a lo que sea con tal de ayudar a Sánchez? Esto, ¿por qué no lo dijo antes, en la fallida sesión de investidura, y nos hubiéramos ahorrado las elecciones y la abstención de caballo que me imagino que va a haber el 10-N, donde a la prevista habrá que sumar la de todos los hartos de coles de esta deserción de Ciudadanos? ¿Deserción? Sí, e incluso creo que me he quedado corto con la calificación. (Como el Supremo con «sedición» y no «rebeldía» para los golpistas separatistas catalanes).

Pensando sobre todo en los inicios catalanes de Cs, que conozco de primera mano porque se los he escuchado a los autores del guión de esta obra (de misericordia por España en un territorio que no quiere serlo), tanto a Albert Boadella como a Arcadi Espada.

Que, sintomáticamente, salieron zumbando del partido que habían creado como afirmación de España ante el separatismo catalán, al ver el rumbo que tomaban allí las cosas. Que Boadella se fuera de Cs y no quiera saber nada del partido es como si mi querido José Luis Garci no quisiese que le hablaran de «El último crack». ¿Crack? No, «¡cataclás!» es lo que ha hecho Rivera con su Veleta Naranja.

Que también me recuerda a la yenka que en los últimos años del franquismo le cantaban al ex ministro Ruiz Giménez cuando fundó «Cuadernos para el Diálogo»: «¡Izquierda, izquierda, derecha, derecha, delante, detrás, un, dos, tres!».

Yo creo que ya ni el propio Rivera sabe si Ciudadanos es de izquierdas o de derechas. Una forma de volver locos a sus ilusionados votantes como otra cualquiera. En su primera campaña electoral para toda España, se retrató desnudo. Ahora, ahora es cuando lo hemos visto de verdad en pelota picada. ¡Qué forma de cargarse un partido!

Antonio Burgos ( ABC )