CÓMO DESHACER UN LAZO

Han tenido que convocarse elecciones para que empezara a debatirse un aspecto de la simbología independentista que había quedado en segundo plano: la exhibición del lazo amarillo por parte de los poderes autonómicos.

La proliferación simbólica del verano pasado condujo a un debate sobre la apropiación del espacio público por el ciudadano nacionalista. Ahora nos ocupamos de la parcialidad ideológica de un poder público que tiene la obligación de ser neutral.

Torra ha expresado inmejorablemente la confusión interesada en que incurre el nacionalismo al sostener que él no hace sino defender la «libertad de expresión». Sugiere así el president que las instituciones llamadas a garantizar la libertad expresiva de los ciudadanos en una sociedad pluralista tienen, ellas mismas, un derecho subjetivo a «expresarse» políticamente.

Pero ni lo tienen, ni es eso lo que tenemos delante. Estamos ante el uso instrumental de unas instituciones que se ponen al servicio de una causa ideológica: una colonización que choca de frente con los principios fundamentales de la democracia liberal. Nada de lo que sorprenderse viniendo de alguien que pone la voluntad del pueblo por encima de las leyes, reservándose para sí mismo el papel del arúspice que lee esa voluntad en las entrañas de las aves muertas.

Hay que conceder que la neutralidad de los poderes públicos no atraviesa su mejor momento. La sentimentalización de la democracia ha convertido en habitual el apoyo público a las causas morales o políticas: desde la lucha contra el patriarcado a la ingesta de comida saludable.

Una vez asumida la idea de que el poder público debe educar a los ciudadanos, se hace más difícil defender el principio de neutralidad. Pero una cosa es alertar a los ciudadanos sobre los riesgos del tabaquismo y otra alentar la insurrección contra el orden constitucional.

Recordemos que el principio de neutralidad tiene sus orígenes en las guerra de religión europeas. La fractura creada por la Reforma impedía a un católico reconocer la legitimidad de un rey protestante; y viceversa. Se concluyó entonces que era preciso disociar legitimidad pública y fe privada, lo que andando el tiempo incluyó otros aspectos de la moralidad individual: de la vestimenta a la ideología.

El poder público no puede decirnos qué pensar o cómo vivir. Y aquí, precisamente, está el problema: el nacionalismo quiere que seamos nacionalistas. De manera que los lazos solo son un síntoma. Por eso son importantes.

Manuel Arias Maldonado ( El Mundo )