COMO DESTRUIR UNA ECONOMÍA

No trataré aquí de las indeseadas consecuencias económicas del confinamiento. Me ocupa la vocación destructora del Gobierno. Voluntaria y deliberada. Síganme.

Una España sin turismo y sin automoción sería un país pobre, parecido al de principios de los sesenta. Solo que entonces soplaba una brisa de promesa. Todo se valora en comparación con algo, y en esos años aún se recordaba el hambre de los cuarenta. Hoy, regresar allí sabría a rayos. Sería una caída, y siempre compararíamos con los días de vino y rosas.

Un país que perdiera la cuarta parte del PIB, que es lo que pesan los citados sectores, en modo alguno podría sostener el colchón de bienestar social que los jóvenes dan por descontado, como el florecimiento de los almendros. Ojo, algunos abuelos van del mismo palo. Llegan a similar destino erróneo y almendrado por vías diferentes porque vienen del otro lado de la vida. El colmillo retorcido.

Si se derrumbaran esos dos generadores de renta, de actividad, de empleo, de investigación, de innovación y de intercambio, arrastrarían a media economía. Están los sectores dependientes, están los que dependen de los dependientes. Están el paro y la caída de la demanda. Y con el descenso de ventas, el cierre de empresas de todo tipo. Está, por fin, la naturaleza compleja de los intercambios, las infinitas interdependencias que hacen la economía tan reacia a la modelización.

Y ahora, lo importante: con que esos dos sectores, sin desaparecer, enfermaran y se contrajeran, digamos, en una cuarta parte, el retroceso general seguiría siendo catastrófico. También se contagiaría a los demás sectores. Tampoco permitiría mantener los niveles de bienestar. Y esto ya no es un ejercicio especulativo; es una posibilidad cada día más probable.

Conscientes de la importancia del turismo en sus economías, otras naciones mediterráneas se disponen a reanimarlo como sea, comprometiendo grandes recursos. Sus gobernantes están centrados en la gestión, viven poco pendientes de la contienda ideológica dado el contexto: una crisis de dimensiones tales que ningún europeo menor de ochenta y cinco o noventa años puede recordar con claridad.

Para nuestra desgracia, nos gobierna un grupo de activistas, con dos o tres gestores cabales que no cuentan porque se sienten obligados a mentir. No vayan a contradecir a sus colegas de órgano colegiado. Es el caso de la ministra de Economía, Nadia Calviño, una profesional con buena reputación que, contra toda lógica y, sobre todo, contra unas verdades que ella no puede desconocer, afirmaba en marzo: «Las estimaciones apuntan a un impacto poco significativo [en el crecimiento y en España]».

Ahora nos ha venido a contar que España no tiene problemas de financiación. ¿Qué es eso del rescate? Pues bien, esa, repito, es la parte seria del Gobierno. Cómo será la otra no hace falta que se lo cuente. Pero lo haré.

Hay un ministro comunista empeñado en tumbar el pilar del turismo, sector que considera «precario, estacional y con bajo valor añadido». Un escupitajo a las empresas que traen a España más de ochenta millones de visitantes al año; que por supuesto no solo funciona en verano, aunque tenga marcadas puntas de consumo como muchas otras industrias; que da de comer directamente a más de tres millones de familias e indirectamente a muchas otras; que aporta ingresos de más de setenta mil millones de euros. Una cosa despreciable, como ven.

Tan despreciable que el Gobierno, en la persona de Salvador Illa, decide sacrificarlo imponiendo una cuarentena de catorce días a cada extranjero que entre en España. Y si esto no es romperle el cuello a la gallina de los huevos de oro, ¿qué es? Una ignorancia inaudita e imperdonable de los patrones que siguen los paquetes turísticos. Elijan.

En cualquier caso, a nadie escapa que la parte chavista y comunista del ejecutivo comulga con la doctrina antiturismo. Ada Colau, que es un libro abierto, viene anticipando la ideologización de las políticas públicas. Baste recordar su campaña contra el turismo en ciudad tan beneficiada por la actividad como Barcelona, la cuarta más visitada de Europa.

Allí se desplegaron el año pasado estos lemas: «No cuentes a nadie que has estado», «Barcelona es un tesoro: escóndelo». Colau no engaña: ha defendido públicamente un «modelo de decrecimiento», una paulatina disminución del número de turistas.

Es su mano derecha, precisamente, la que la tiene tomada con el otro gran sector industrial español, el del automóvil. Lo conté aquí. Me limito a recordar las palabras de la número dos de Colau, que gusta de presentarse como deputy mayor. Las escribió tras una caída de las matriculaciones del 70% en marzo: «Es ahora o nunca.

Hay que evitar que todo eso se reactive, por lo que necesitamos un plan estatal para que esa industria y esos trabajadores se puedan trasladar a sectores más limpios». ¡Hay que arruinarse, es ahora o nunca!

Así que el sector terciario es la bestia negra de los comunistas y el secundario el enemigo mortal de los podemitas. Pero no crean que el Gobierno se olvida del sector primario, que esta gente, cuando se trata de destruir, son los mejores. Lo prueban las declaraciones de la ministra de Trabajo sobre la «esclavitud» en el campo y su decisión de poner a la Inspección a perseguirla.

La reacción de las organizaciones agrarias ha sido la que cabía esperar. Su único consuelo es que, como consta, el gobierno socialcomunista arremete contra todo lo que se mueve. Y contra todo lo que mueve la economía. De generar riqueza no entienden nada, pero en destruirla es campeona su pesada ideología.

Lo cual tiene morbo a la luz de la historia del comunismo, la persecución a sangre y fuego de los kulaks, las confiscaciones, la fijación de precios, tan familiares. En la historia vino luego la hambruna.

El Holodomor, el desabastecimiento general, el hipócrita mercado negro. De momento, la contribución de Yolanda Díaz permite engrosar y renovar la leyenda negra. A ver cuánto tardan los columnistas estadounidenses, los profesores ingleses y los hispanistas de guardia en contarle al mundo que, ahora mismo, el campo español lo trabajan esclavos. A latigazos.

Juan Carlos Girauta ( ABC )