COMO UN CASTIGO DIVINO

En las históricas epidemias de peste, de gripe española o de cólera morbo que diezmaban a la población, como todavía había un generalizado sentido religioso de la vida y se distinguía aún entre el bien y el mal, se decía que venían como un castigo de Dios a los hombres, por los pecados de la Humanidad.

¿Quieren creerse que, a pesar de los siglos y de los cambios de mentalidades, he llegado a pensar algo por el estilo al ver la plaza de San Marcos de Venecia vacía, sin un solo turista sentado en sus terrazas, o los alrededores de la catedral de Sevilla no sólo desiertos, sino con multitud de locales cerrados, que fueron clausurados obligatoriamente durante el confinamiento del estado de alarma, pero que ya no volverán a levantar nunca más la persiana, porque dependían del turismo.

Y el turismo, salvo el interior de las casas rurales y las playas domingueras con el «completo» que pondrán hoy domingo, ha dejado de momento de existir.

Es un panorama de desolación, que nos hace pensar si a Sánchez no se le fue la mano con tantas semanas de estado de alarma, de confinamiento, de negocios cerrados, antes de la «desescalada» de este Everest de la ruina colectiva que nos hemos buscado, pero él más que nadie.

Da pena pasear por el centro de las que fueron grandes ciudades turísticas. Es una desolación. El local que no se vende es porque pone un cartel de «Se alquila» y el que no se alquila es porque tiene el letrero de «Se vende». He puesto Venecia y Sevilla, pero pueden seguir añadiendo ciudades históricas, de las que hasta marzo estaban atiborradas de turistas, sí, desnaturalizadas, todo entregado en aras del visitante extranjero, convertidas en parques temáticos de sí mismas.

Y aquí viene lo de la maldición divina. Me acuso, padre, que fui de los que sintieron y difundieron la turismofobia. Como había venecianos que como señal de protesta se iban a vivir fuera de la ciudad, abandonada a los japoneses, a los americanos, a los ingleses, a los turistas de toda laña, convertida en un zoco de venta de recuerdos de los canales.

Y en Sevilla, que es lo que más conozco, tres cuartos de lo propio. El barrio de Santa Cruz, «con su lunita plateada», se había quedado en una mera atracción turística y había sido abandonado por sus vecinos de toda la vida. Más de uno se me quejó de que ya no quedaban en el barrio tiendas pequeñas, de las llamadas «de los desavíos», donde ir a comprar el pan o el cartón de leche que necesitaban, y ni te digo dónde hallar el periódico del día.

Todo era una inmensa terraza de veladores al pie de la Giralda, un masificado restaurante de paella precocinada y maloliente que los extranjeros se tomaban a la hora acostumbrada de su cena, a las 7 de la tarde. Clamamos contra esto. Incluso hubo asociaciones para defender la esencia de nuestras grandes ciudades monumentales, desfiguradas por el turismo. Y voy al argumento casi medieval de la maldición divina.

Porque parece que Dios nos escuchó a los objetores y nos dijo:

-¿Que os quejáis del turismo? ¡Pues ahora os vais a enterar de lo que es una sociedad sin turismo!

Y nos mandó la pandemia del coronavirus. Y el turismo, aun pasados los más graves momentos de los miles de muertos y las UCI repletas, desapareció de la faz de la tierra. Y así están, como he tratado de describir, las ciudades que de él vivían.

No han recobrado la vida, les han llegado la ruina y el paro. Están desiertas. Tenemos la crisis demasiado encima como para que podamos valorarla, pero la desaparición del turismo como fenómeno global y la jibarización del tráfico aéreo ha sido más letal que la reconversión industrial.

El turismo ha sido una industria que prácticamente ha desaparecido, sin que de momento haya podido ser sustituida por nada.

Antonio Burgos ( ABC )