Todos los años, cuando llega el 18-J, nos hemos empeñado en hacer algo que deberían hacer todos los periodistas en todos los medios de comunicación. Si España hoy es una especie de porquera fétida y nauseabunda, donde pulula lo peor de la especie humana, es entre otras cosas por eso, porque casi ningún periodista cumple con su deber de recordar la verdad histórica cuando llega una fecha tan señalada como la de hoy.

A Dios gracias, Álvaro Romero y Eduardo García Serrano nos dan esta tribuna, rebosante de libertad, para poder llenar, al menos en una mínima parte, el vacío que dejan tantos miles de plumas cobardes.

Para poder tener hoy, en la sacrosanta democracia liberal, una ministra de Trabajo que aspira a tener una «matria» en lugar de una Patria, han sido necesarios muchos cambios en España.
Ha tenido que salir del poder aquella vieja raza de hombres de Estado, dispuestos primero a dar la vida en un campo de batalla, y después a dejarse en los despachos las horas, la salud y la vista para buscar siempre el Bien Común del pueblo español. Salieron ellos, viejos demiurgos de la democracia orgánica mandados por el Generalísimo, y entraron éstos que ven ustedes ahora. Alberto Garzón, Ione Belarra, Irene Montero…y Pedro Sánchez.
Es curioso, porque mis «colegas» del periodismo nunca se han preocupado, por ejemplo, de recordar que, después del Alzamiento Nacional, que puso fin a la etapa de sangre, asesinatos y caos social del Frente Popular, tras la Guerra Civil, Franco se ganó lo que se conoce en ciencia política como «legitimidad por desempeño».
Dicho claramente: a partir de los años cincuenta, cuando no quedaban ni los restos de la disputa entre «las dos Españas», la inmensa mayoría de los españoles estaban encantados con Franco. Sí, sí, ya sé que estas cosas escuecen a los democratitas de carné, pero esa es la realidad.
Y estaban encantados (mucho más, claro, a partir de los sesenta y setenta) porque había paz social, ausencia de conflictos, seguridad laboral, seguridad ciudadana, una economía creciente (planes de estabilización y desarrollo,etc) y, lo más importante de todo, una Fe Católica que alumbraba a todo un pueblo pero que tenía, en el Palacio de El Pardo, a su principal defensor.
Hoy tenemos una chusma masónica vendida al mejor postor, vendida al mundialismo izquierdista-liberal, que reclama el voto del «pueblo español» cada cuatro años en las urnas, pero que en realidad perpetúa una dictadura de facto, mucho peor que el régimen anterior.
Una dictadura democratista que nos va robando derechos y libertades fundamentales, que no nos deja fumar, ni comer carne, ni viajar en coche, y que cuando le da la gana nos encierra en casa, sacando a la policía para que aporree a los rebeldes, aunque luego en Tribunal Constitucional diga que eso es ilegal.
¿No debería dimitir un gobierno demócrata que respeta la separación de poderes, etc, etc, etc? Pues no. Porque, en la práctica, estos presuntos demócratas llevan dentro de sí a unos verdaderos caciques, a unos tiranos que no solamente nos han robado ya la Patria, sino que siguen empeñados en hacernos la vida imposible.
Después de 85 años, carece de sentido decir «yo soy franquista», como no podemos seguir a Hernán Cortés, ni a Juan de Austria, ni al emperador Carlos, pero sí podemos decir que Franco está a la altura histórica de cualquiera de ellos.
Su cruzada antimarxista no solamente detuvo en seco los asesinatos de curas, monjas y personas de bien, que se contaban por miles a principios de 1936, sino que fue capaz de parar también el comunismo a nivel europeo, dando a Stalin el primer gran revés continental, como le reconocieron por igual Estados Unidos, el Reino Unido y el Vaticano.
Primero puso el orden, después trajo la paz y finalmente nos metió en la senda del crecimiento y la prosperidad. Esto lo saben perfectamente los pocos historiadores libres que quedan para constatarlo (Payne, Paz, Orella, Palacios, Paredes, etc.)
Entonces, nadie con dos dedos de frente dudaba en sentirse orgulloso de ser español, de defender la Patria con la sangre y con la vida, comíamos carne y celebrábamos con vino, se podía uno fumar un Ducados incluso dentro de un taxi, y salías tranquilo de madrugada por cualquier calle de Madrid en la certeza de que nada malo podía pasarte, porque los delincuentes temían el castigo.
Hoy tenemos un lodazal relativista en el que se dan golpes de Estado separatistas contra la sagrada unidad nacional, donde el propio Gobierno indulta a esos golpistas, y donde una ministra de Trabajo, además de contar los parados por cientos de miles, dice que echa de menos tener una «matria» en vez de la Patria. Para llegar a esta ponzoña masónica, hemos tenido que pasar muchas veces por las urnas.
Rafael Nieto ( El Correo de España )