Con la llegada a un ministerio de Miquel Iceta conviene un primer consenso en la prensa: ponerse de acuerdo en cómo pronunciar su nombre. Circulan, al menos, tres variantes. La que domina pronuncia “Miquel” como si fuera el Mikel vasco y dice “Iseta”, que era aquel pequeño y futurista coche italiano de los años 50 y 60. Por resumir: todo al revés. Pero antes que pronunciar al modo español se dice lo que sea.

Hay un temor reverencial a ofender a las lenguas oprimidas y hay terror al ubicuo fanático que está pendiente de cualquier desliz en el uso de topónimos, nombres propios y cualquier otra palabra que, según el dogma, tiene que escribirse y decirse únicamente en la lengua sagrada.

El desembarco en Madrid de Iceta pretende ser un gesto más del Gobierno hacia el catalanismo y el separatismo, que no serán lo mismo, pero han acabado por parecer gemelos. Se ha vuelto a decir que es una tradición, seguida por todos los Gobiernos de la democracia, la de tener a un ministro catalán, dando a entender que la presencia de un catalán en el Gobierno es algo especial o extraño que ha de buscarse expresamente.

No es ninguna rareza que haya españoles en los Gobiernos de España, pero a estos localismos hemos llegado. Parece que no son sólo las nuevas generaciones separatistas las que ignoran que ha habido catalanes en los Gobiernos españoles a lo largo de la historia; también, claro, en los de Franco.

Orgullo y prejuicio. Se resalta que Iceta dijera que quería “una España fuerte en su unidad y orgullosa de su diversidad”. ¿Y por qué no orgullosa de su unidad? Ay, no, que la unidad no es algo de lo que enorgullecerse, sino algo que conllevar.

Cuando Iceta lo dice así, lo dice por algo. Es la verbalización del gesto. La diversidad es hoy guiño y código cifrado. Y eso que está más que manida. Si Iceta repasa el discurso de investidura de Aznar en 1996, verá que incluyó todo el pack: la diversidad, los distintos pueblos de España, los hechos diferenciales.

Pero ha llovido mucho desde entonces y ha habido tormentas: las que ha provocado el separatismo, él solito. Es la unidad, no la diversidad, la amenazada.

¿Cuál es el plan de Iceta? No se limitará a dar a los separatistas unas migajas retóricas. Sabe bien que con migajas no se contenta a los que no quieren contentarse. Es previsible cuál va a ser el primer plato consistente que les servirá el Gobierno a través del nuevo ministro.

El propio Iceta es su patrocinador más entusiasta. Ese plato tiene un nombre: indulto para los dirigentes separatistas condenados por el golpe del 1-O. Iceta no es el ministro de Política Territorial.

Es el ministro del indulto a los que volverán a hacerlo.

Cristina Losada ( Libertad Digital )

viñeta de Linda Galmor