CON MUCHO HIELO

«Los resultados están ahí», señala Pedro Sánchez, que remata con un imperceptible movimiento de muñeca su número de ilusionismo estadístico. Para qué llorar a unos muertos a los que ni siquiera nos hemos molestado en contar si podemos celebrar el éxito de una operación de rescate con la que -sigue el presidente del Gobierno- «hemos salvado 450.000 vidas».

«Y en solo tres meses», apunta Sánchez con un segundo movimiento de distracción, ahora de la otra muñeca. No somos conscientes de lo que podría hacer este hombre a lo largo de una legislatura completa y ante un virus embravecido y readaptado.

En solo tres meses ha logrado distorsionar el significado y la consideración emocional de unas tragedias que en adelante no se van a medir por el número de víctimas, dato ahora residual y desdramatizado, sino por el tamaño del resto, que suele ser bastante mayor.

Esta cuenta de la vieja, pura Agenda 2030, lo mismo vale para una pandemia que para un atentado, un desastre natural o, por simple proximidad y cálculo de probabilidades, un desplome económico. Pedro Sánchez siempre va a salir ganando. «Hemos salvado millones de empleos», dijo también ayer en el Congreso. Y en solo tres meses.

Cuando el estado de alarma dejó de tener recorrido parlamentario, Sánchez quiso dedicar un aplauso sanitario a los profesionales que peor lo han pasado en los últimos meses. No eran precisamente unos médicos y enfermeros desprotegidos ante el virus y convertidos en eslabones de la mayor cadena de contagio del Covid-19, sino Salvador Illa y Fernando Simón, el epidemiólogo que le demostró que la aritmética, como la economía, se aprende en dos tardes y que la ciencia, como la política, no linda con la moral.

A Simón le agradeció entonces Sánchez su entereza para «soportar estoicamente el desdén de los más ignorantes y las críticas más descabelladas». El presidente no sale mucho por el tema de la distancia social, pero ayer fue a hacerle una visita. Ir a un hospital, donde tanta gente ha sufrido el desdén de los más ignorantes, ni siquiera capaces de entregarles una mascarilla higiénica, sería tanto como invertir esa ecuación de vivos y muertos que le sale a devolver.

A Simón no solo hay que reconocerle el aguante ante la crítica, sino su habilidad para maquear con el barniz de la ciencia un ejercicio de propaganda tan primario como escaso de ética y su maestría para congelar una cifra de muertos deshumanizada por los algoritmos y los cubitos de hielo.

«Venía a ver la nevera», dijo Sánchez. «La tengo justo ahí -responde Simón-, al lado de la plancha de las camisas».

Jesús Lillo ( ABC )

viñeta de Linda Galmor