¡ CON UN PAR DE HUEVOS, MI GENERAL !

En una España en la que no habrá sitio para tantas cruces, ni cruces para tantos muertos, sí que habrá mucho sitio para muchas cruces en la pechera de la guerrera del general de la Guardia Civil José Manuel Santiago quien, con sus inquietantes declaraciones sobre la investigación de la crítica al Gobierno por su gestión de la pandemia, ha demostrado estar extraordinariamente bien domado, ha evidenciado no estar dispuesto a renunciar al disfrute del lado más soleado de la vida y ha proclamado que su único código es la defensa del Gobierno. Defensa numantina, a toda costa, contra todo y contra todos. El Gobierno es lo primero, todo lo demás es superfluo por accesorio.

Al general José Manuel Santiago le han enseñado a amar, por encima de todo, incluso del TODO POR LA PATRIA que almena como un juramento el honor militar, a la Constitución y al Gobierno.

No es que el general Santiago lo haya olvidado, es que sencillamente no lo sabe. Ignora, y esa es la esencia del problema y la médula de la decadencia, que la Constitución y el Gobierno existen porque existe España, y España existe porque su pueblo, de uniforme y de paisano, la ha defendido incluso contra sus constituciones y sus gobiernos en muchas encrucijadas históricas.

No me quiero poner épico, mi general, por eso no le hablaré del Capitán Cortés, pero sí lo haré de un modesto número de la Guardia Civil a quien usted, sin duda habría mandado a un pelotón de castigo. Recién fundada la Guardia Civil por Francisco Javier Girón (glorioso apellido en la historia de España) Ezpeleta, Duque de Ahumada, se celebraba una representación de muchas campanillas en el Teatro Real de Madrid a la que asistía Isabel II.

El número de la Benemérita que estaba de guardia en la puerta principal recibió la orden de no franquearle el paso a nadie, una vez iniciada la función. El General Narváez, a la sazón presidente del Consejo de Ministros, cuyo poder llegaba hasta la alcoba y las enaguas de la Reina, llegó tarde al Teatro Real.

La puerta estaba cerrada y el todopoderoso Narváez exigió airado, desabrido y destemplado que le abrieran la cancela. El número de la Benemérita que estaba de guardia se negó a hacerlo y al recibir la amenaza de Narváez de pasar a toda costa, aquél modesto guardia civil embrazó el fusil, apuntó al Presidente del Consejo de Ministros y le dijo: “Si lo hacéis, mi general, será atropellando estas armas y mis órdenes”.

Narváez, al que no le faltaba el valor, reculó, entró al teatro por un lateral, y volvió a recular en el palco cuando al exigirle al Duque de Ahumada la cabeza del número de la Guardia Civil que le había parado los pies en la puerta principal, el fundador de la Benemérita se negó a entregársela ofreciéndole a cambio la suya.

El General Narváez se tragó el orgullo, ni el modesto número de la Guardia Civil fue arrestado ni el Duque de Ahumada destituido, porque todos ellos, todos, eran hombres de honor. El honor, general José Manuel Santiago, es eso que siempre está por encima de la disciplina y que es la divisa de la Guardia Civil.

Mucho me temo que si usted hubiera estado de guardia aquella noche en el Teatro Real, el General Narváez hubiera pasado contraviniendo la órdenes para sentarse en el palco con Marlaska y Julito Rodriguez, otro que tal baila al son del Gobierno, que es la única divisa de todos los funcionarios, de uniforme o de paisano, que tienen una aguda percepción de sus carreras.

¡Con un par de huevos, mi general! Hala, a cumplir la honorable misión de perseguir a los periodistas y  ciudadanos que critiquen la gestión de su Gobierno en la pandemia de coronavirus e incompetencia que padecemos.

Aquí me tiene, como Narváez tuvo en la puerta del Teatro Real a aquél modesto número de la Guardia Civil.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )