CONDENA AL SUPREMO

El periodismo perezoso, que prima siempre la síntesis sobre el matiz, ha titulado unánimemente El Supremo condena a los bancos…, cuando, en realidad, debería haber explicado que la gran noticia era que una sala, la III, condenaba al Tribunal Supremo y derogaba, por sí y ante sí, toda su jurisprudencia en materia de hipotecas. La sentencia es el mayor disparate perpetrado por el populismo justiciero desde el caso de las tarjetas black del juez Andreu, que así se había ganado la secretaría de Estado de Dolores Delgado, la ninfa de las cloacas y auditora de la «información vaginal» de Villarejo y sus garzones.

Lo impidió Marlaska advirtiendo a Sánchez de que Andreu era, con GarzónPedraz y De Prada, uno de los jinetes del Apocalipsis de la Audiencia Nacional. Y que la íntima relación de las cloacas judicial y policial podía ser fuente de graves escándalos. No mintió.

La base del Derecho llamado alternativo, comunista o populista es siempre la misma: retorcer la ley hasta hacerla irreconocible, porque ve al ciudadano como un muñeco irresponsable, incapaz de decidir libremente nada, y víctima segura, si los jueces rojos no lo remedian, de la manipulación del capitalismo y sus viles instrumentos, que son los bancos.

La sentencia de las preferentes fue otra atrocidad, pero esta condena al Supremo por la sala III, haciendo a los bancos responsables únicos del impuesto por Actos Jurídicos, el peor de los que gravan la compra de un piso al contratar una hipoteca, es peor: da por hecho que el que compra no sabe lo que hace, que los bancos engañan a todo el que pide crédito y que el que los mata a impuestos, el Estado, lo hace por su bien.

La Sala III, que dizque entiende en materia tributaria, podía ayudar a los hipotecados rebajando los impuestos que encarecen la compra del piso, para lo que la hipoteca es un medio, no un fin. Cinco de los seis jueces -hay un voto discrepante- serán morosos y el banco se les quedaría el piso por no pagar la hipoteca, pero incluso la progresía judicial sabe que el dueño último del piso es el que lo compra, no el que presta dinero.

El 90% de los españoles tiene uno o dos pisos en propiedad, pagados con créditos. El 97% de los hipotecados abonan ese crédito que libremente contratan. Esa libertad, hija de la responsabilidad, ha sido también condenada. Con el Supremo.

Federico Jiménez LoSantos ( El Mundo )