CONFINADOS

Con rostro fúnebre, voz quejumbrosa y casi vestido de luto, Pedro Sánchez informó el viernes a los españoles que había decretado el estado de alarma y el sábado nos confinaba en nuestros hogares, con la única excepción de ir a trabajar, comprar alimentos o medicinas. Esto, cuando el domingo pasado celebraba las múltiples manifestaciones feministas, donde el Covid-19 debió de hacer su agosto.

Así cambia nuestro país y así es nuestro presidente, capaz de decir una cosa y la contraria en menos de una semana. Con el resultado de que tendremos que prescindir del aperitivo en el bar de la esquina, de nuestro restaurante favorito, de uno o cinco tenedores y de nuestro garbeo nocturno, nadie discute que la principal medida para frenar un virus tan contagioso es evitar las multitudes y confinar («recluir dentro de límites» DRAE) a los individuos en sus casas. Torra ya había pedido que «se confinase a toda Cataluña». No hay que ser un lince para imaginar qué buscaba: una barrera entre España y Cataluña, aunque fuese viral.

Ya se encargaría él de hacerla efectiva, si le dejasen. Pero con toda España «confinada», va a serle difícil, aunque no cejará en el empeño. Tampoco nos extrañaría que le echase la culpa de la infección. Ni que Sánchez lo admitiese en la lista de reivindicaciones en la mesa del conflicto catalán. Peor fue el «tú a tú».

Si me estoy burlando de ese personaje no es por tomarlo a broma, sino por todo lo contrario: aunque suele salirle mal cuanto hace, como si tuviera dos manos izquierda (y a veces las tiene con Iglesias al lado), los últimos perdedores no serían Sánchez y su equipo, sino los españoles y España.

El pánico desencadenado por el Covid-19, que deja nuestros supermercados al final de cada jornada como si fueran venezolanos, se debe a la confusión reinante, a las guiñadas de un gobierno que navega en zigzag, negando lo que afirmó ayer y yendo siempre detrás de los acontecimientos

Acabamos de verlo con esta crisis. Confió en los científicos, cuando los científicos advertían que se trataba de un virus nuevo, no demasiado mortal, pero con una capacidad enorme de propagación. No querían alarmar, pero había que ver cómo se desarrollaba, y al final no hubo más remedio que declarar la alarma.

Nuestros políticos han conseguido que los españoles no creamos en ellos, es más: que creamos lo contrario de lo que nos dicen al ser la única forma de acertar. ¿Quién sabe si ese virus no trae a nuestra civilización, que incluye a los políticos, algo que habíamos olvidado: que vivimos mejor que nunca en la historia de la humanidad.

Lo que ocurre es que, egoístas y pedantes como somos, no nos damos cuenta, pidiendo más, sin poner nada de nuestra parte. Pero como ese bichito que ha desbaratado los planes de todos se salga con la suya, nos hace retroceder unas cuantas décadas y no digo siglos por no creer que esto sea más que un síntoma, una advertencia, pero seria.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor