CONFINANDO LA LIBERTAD

Si tuviésemos que resumir de alguna manera estos casi cien días de confinamiento por la pandemia del coronavirus, podríamos usar la última frase célebre del inefable doctor Simón, ese señor cuya imagen están empleando algunos ciudadanos para ponerse tatuajes en las nalgas. «Nos quedan 13.000 muertos, pero de momento no podemos ubicarlos». Este Gobierno socialista y comunista habla de muertos como se hablaba en los campos de concentración soviéticos, o en la Cuba de Fidel. Los muertos son solamente números.
Como le dijo el martes Teodoro García Egea al presidente del Gobierno en el Congreso: «¡Cómo van a saber las vidas que han salvado, si ni siquiera saben cuántas personas han muerto!». Así, igual que este desastre en algo tan aparentemente fácil como es sumar, ha sido casi todo lo que ha hecho este Gobierno en los últimos tres meses. Discursos y más discursos, siempre la expresión de las mejores intenciones y la demostración más evidente de incapacidad, mediocridad, impotencia, falta de imaginación y ausencia de decoro. Y algo que siempre caracteriza a la izquierda: el uso sistemático de la mentira para esconder la dura realidad de su gestión.
Detrás de cada una de las 13.000 personas fallecidas que, al parecer, se les han perdido al doctor Simón y al ministro filósofo de Sanidad, hay 13.000 familias destrozadas, indignadas y abandonadas. Cuando acabe esta pesadilla, será el propio Gobierno el que no tenga más remedio que reconocer que la cifra real de muertos dobla la que ahora es oficial. Entre medias, lo que han hecho Sánchez e Iglesias es, básicamente, organizar bombas víricas como la del 8-M sabiendo que el virus estaba en las calles, y confinarnos brutalmente en nuestras casas cuando ya el virus no representaba un peligro real.
El resultado no son solamente decenas de miles de muertos. El resultado es también una economía arruinada para varias décadas, un tejido empresarial destrozado, miles de familias que ahora mismo están viviendo de la caridad porque no cobran ni un euro desde el mes de marzo, y por si fuese poco la amenaza constante de una segunda oleada del virus que podría llegar de repente, en otoño o incluso antes, sin tener todavía ninguna vacuna disponible. Somos el país que todos ponen como ejemplo, en el extranjero, de cómo no hacer las cosas cuando se vive una pandemia mundial.
Pero ojalá fuese eso, lo ocurrido desde hace cien días, lo peor del panorama nacional. Esta España que ha caído en las peores manos políticas en que se puede caer, que son las manos negras del comunismo, ha entrado ya en lo que el ministro de Justicia, no sabemos si con ingenuidad o con desfachatez, ha llamado «crisis constituyente», y que no es otra cosa que la voluntad decidida de acabar con lo que queda de España tal y como la conocemos.
No sólo facilitando a los golpistas separatistas su tarea en cuanto les sea posible reanudarla, sino desmontando también las pocas garantías legales que aún nos quedan de la Constitución del ´78. Caminando hacia un limbo legal que les permita instaurar su régimen socialista-populista de inspiración bolivariana.
Ni los 20 agentes de élite de la Guardia Civil protegiendo el casoplón del amado líder podemita, ni el dinero despilfarrado pintando los buzones de Correos con los colores del arco iris, ni la nueva ley educativa que dará becas solamente a los alumnos de familias sin recursos (y no además a aquellos que se esfuercen), ninguno de esos disparates que vemos a diario en la prensa son otra cosa que el adelanto de lo que nos espera.
El PSOE y Podemos han logrado hacer de la incompetencia en la gestión y de la demencia en la ideología la seña de identidad de su mandato.
Y lo tremendo es que a la inmensa mayoría de los españoles no parece importarles demasiado.
Rafael Nieto ( El Correo de España )