CONMOCIÓN DE CENSURA

Supongo que, como me ha ocurrido a mí, una gran mayoría de españoles preocupados por la cosa pública, estará conmocionada por los acontecimientos que comenzaron hace casi dos semanas, a partir del conocimiento de la sentencia Gürtel, y que han desembocado en la jura, ante el Rey, de un nuevo y espectacular Gobierno presidido por Pedro Sánchez, político que ha roto todos los moldes cuando nadie se lo esperaba.

Lo ocurrido en España, en tan escaso tiempo, es algo tan insólito como la resurrección de Lázaro, pues resurrección ha habido. En efecto, hace menos de un mes nadie daba un duro ni por el PSOE ni, especialmente, por su secretario general. Y, sin embargo, en este corto periodo, han pasado uno y otro, por decirlo así, del cero al infinito, gracias a la torpeza y ceguera del ex presidente Rajoy.

Cabría afirmar que lo que le ha sucedido a Pedro Sánchez es algo parecido al cazador que sale a buscar perdices y, nada más llegar al coto, dispara al cielo para probar su escopeta y de repente le cae una hermosa perdiz roja que por casualidad pasaba por allí. Algo de esto se podría decir sobre el acierto de Sánchez al presentar por su cuenta una moción de censura, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, sabiendo que no contaba más que con 84 diputados de los 176 necesarios para derribar a Rajoy.

Un agudo comentarista de radio y prensa escrita, que a veces utiliza patines en sus comentarios y que no escatima apelativos cariñosos a tirios y troyanos, incluso a aquéllos que mantienen tesis parecidas a las suyas aunque no se percate de ello, me puso verde aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Dos días seguidos en su masiva emisión matutina mantuvo que yo defendía equivocadamente que en una democracia como la italiana debe prevalecer la legalidad sobre el mandato popular.

Es decir, lo contrario de lo que piensan los nacionalistas catalanes y que, según parece, también sostiene mi crítico. El primer día me imputaba que yo era partidario de que el presidente de la República italiana enmendase despóticamente la plana a los electores y que, por tanto, yo estaba en contra de las elecciones. Y el segundo día, para no alargarme en un asunto que es muestra de la confusión reinante, que yo defiendo, en consecuencia, el “despotismo ilustrado”, lo que considera “una gansada”. Sobran las palabras para descalificarlo, aunque sean más de 500.

Jorge de Esteban ( El Mundo )