Aseveraba certerísimo el llorado Antonio García Trevijano que, dónde existe consenso, al cual calificaba como “valor negativo”, no puede existir libertad. Coincidía con la gran autora norteamericana Ayn Rand, quien estimaba a la «ideología» del consenso (la repugnante socialdemocracia) como una antiideología.

Abundando sobre tan tiránica patraña, Vaclav Havel, último presidente de Checoslovaquia y primer presidente de la República Checa, por su parte, señalaba al consenso político – basado en el miedo, la propaganda y una falsa representación – como el germen de la colosal “cultura de la mentira”.

En España, desde 1978, ve la luz la carta otorgada del consenso (denominada absurda y ridícula y falsariamente Constitución). Por consiguiente, las elecciones jamás tuvieron, desde esa fecha, más finalidad que decidir a quién le corresponde tutelar el consenso. Punto final.

Decidir quien administra temporalmente un basto y vasto y corruptísimo narcorrégimen pedófilo, nada más. La corrupción que instaurar el pacto de la depravada oligarquía en 1978 se instituye como axial factor de gobierno, y cuarenta y dos años después, pudre y contamina a toda la sociedad española. Origen de nuestra ignominia nacional.

El criminal consenso de la plandemia y los bozales

Y la última infamia en nuestra patria: la sumisa y atroz aceptación del  criminal consenso de la plandemia. Y los consiguientes y criminales bozales. Sin apenas gloriosos instantes de imprescindible insurgencia. Y maravillosa desobediencia.

Y nos lo aclaran mientras suena Tomaso Albinoni, el sublime adagio de su concierto para oboe número 2 en D Menor. Opus 9. Portentoso todo, exigiendo en nuestra derruida patria, con un par, la inexistente y siempre anhelada libertad política. En fin.

Luys Coleto ( El Correo de España )