El doctor Simón  y el doctor Sánchez tienen el mismo discurso y cuando uno saca la mano el otro tira la piedra. Forman un buen equipo porque el médico de verdad, que está en contacto con el doctor de mentira, coinciden en la forma y en el tiempo a la hora de lanzar mensajes sobre quién tiene la culpa del aumento de los contagios en las distintas comunidades de España.

Es cierto que el discurso oficial va por otros derroteros y ayer mismo el inquilino de las distintas instalaciones del Estado según sea verano o invierno, dijo  con la cursilería que solo exhiben los ignorantes “Somos una única humanidad”, pretendiendo que fuese una frase para la historia plagiada a medias de la que pronuncio Neil Armstrong cuando piso la luna.

Lo que no añadió el Presidente fue que en España todos formamos parte de la misma nación y que al igual que él, no existe ningún responsable político de ninguna comunidad autónoma al que se le pueda echar la culpa de la propagación de los contagios  porque todos actúan de buena fé y con los medios que la ciencia les ofrece.

Sin embargo tanto Pedro como Simón (ambos nombres significan lo mismo, según la Biblia) están empeñados en señalar a la Comunidad de Madrid como la culpable de los contagios por coronavirus, y no recuerdo que cuando han sido otras Comunidades, como por ejemplo Cataluña, las que en algún momento han ido en la cabeza de los afectados por el COVID, se le imputase una especial responsabilidad  a Quin Torra.

Mientras Sánchez reclama unidad  de todos,  con la boca pequeña,  y dice que “el virus no entiende de derechas ni de izquierdas” , trabaja al mismo tiempo para desprestigiar ante la opinión pública internacional  a una ciudad y una Comunidad que no nos merecemos ser señalados insolidariamente por el el Presidente más vacuo que ha dado la democracia  en España.

Me siento madrileño. Mis hijos y mis nietos han nacido aquí y me molesta que por una obsesión política contra la actual Presidenta de la Comunidad se  esté desprestigiando a la sociedad madrileña

Sánchez ha pasado de actuar como el como “El general en su laberinto”  en la versión más patética de Simón Bolívar al final de sus días, a ser la caricatura de un director de márquetin que se aprende de memoria las frases que le escribe un empleado a sueldo que no cree en nada, salvo en su nómina de fin de mes.

Yo siento respeto y admiración por los Presidentes de las distintas Comunidades Autónomas y por los alcaldes de las ciudades de España, que están dando el callo, trabajando juntos, luchando contra la pandemia por la gente de sus pueblos, al margen de ideologías, pero esos mismos sentimientos positivos no puede sentirlos por un personaje vacío de sentimientos que ni ve, ni oye, ni siente.

Diego Armario