CORDEROS SIN LOBO

Esperamos como los corderos en los rediles previos al matadero. Amontonados, balamos nuestra impotencia buscando consuelo en la nada que no hacemos y en las palabras que no pronunciamos. Aguardamos a que sean otros los que verbalicen lo que deseamos sin voluntad, lo que soñamos con miedo y lo que anhelamos sin el coraje necesario para intentar conseguirlo.

Nos miramos de reojo, nos observamos con cautela y nos estudiamos con desconfianza. Queremos vislumbrar en el cordero de al lado la piel del lobo ibérico, los colmillos de su sonrisa y el ámbar fulgurante de su mirada. El lobo al que se refería Alejandro Magno cuando afirmaba “preferir un ejército de corderos mandado por un lobo, a un ejército de lobos mandado por un cordero”.

Aguardamos, esperamos, mansos y dóciles como los rebaños tardíos mientras el tiempo se agota en los zurrones de los pastores, y sus perros salivan con las orejas izadas y los belfos húmedos. No hay más colmillos que los suyos. Tienen buen olfato.

 Saben que ya no hay lobos entre los corderos para liderarlos en la estampida que rompería el cercado del redil. El tiempo del lobo ibérico caducó cuando caperucita roja asaltó la casa de los pastores para llenarla de hienas.

Los predios del lobo ibérico se agostaron bajo las alpargatas de caperucita roja y de sus furtivos bandoleros, que en sus zurrones de pastores llevan el pienso de los corderos para echárselo en el redil de las urnas antes de deportarlos a los pastos socialcomunistas, donde solo habitan la nada sin presente y el miedo sin futuro.

Al llegar a los rediles de la última estación del éxodo y de la diáspora nadie os echará de menos porque sólo se añora lo que se ha perdido: el lobo. El lobo ibérico.

Eduardo García Serrano ( El Correo de Madrid )