COREA Y EL AMOR

Inesperadamente, cuando todo parece perdido, llega el amor y abre las ventanas de la esperanza. Permítanme la intuición. Aunque localizado en China, el «Cui-Ping-Sing» de Agustín de Foxá ha sido desbordado por la pasión coreana. Ni amenazas de Trump ni otras castañas. El amor. Lo vi cuando la hermana de Kim-jong-un, la bella y eficiente Kim Yo-jong, encabezó la delegación norcoreana y representó a su hermano en los Juegos Olímpicos de invierno celebrados recientemente en Corea del Sur.

Las sonrisas, la compenetración y los rubores que compartieron en cada mirada la norcoreana Kim Yo-jong y el presidente de la República de Corea del Sur Moon-Jae-in, oscurecen con su fulgor los arrebatos medidos y profundamente sentidos del barón Von Trapp y la monja-institutriz María de «Sonrisas y Lágrimas». El occidental, por tenerlos más grandes, no domina las miradas. Los orientales son maestros en emitir mensajes visuales a través de sus oculares rendijas. Y entre Kim Yo-jong y Moon-jae-in, se estableció la compenetración cardíaca que P.G. Wodehouse consideraba la más ardiente e irrefutable prueba de amor. El latido al unísono de sus corazones.

Es muy atractiva Kim Yo-jong. No parece hermana de Kim-jong-un, claro que también en occidente hay hermanos que parecen encargados en muy diferente modo en la misma huerta y con similar semillita. El remero de traineras Andoni Gurreamendi, de la tripulación de Pasajes de San Pedro, era de una fealdad escalofriante, en tanto que su hermana gemela, Nekane del mismo apellido, era bella, nívea, nenufarosa y mucho más cercana a los vuelos transparentes de Isadora Duncan que al golpe de remo en la cía y la ciaboga. No se han grabado las conversaciones entre los dos grandes mandatarios coreanos.

Firmaron un documento de buena voluntad. Pero pongo mi mano en el fuego a que Moon-jae-in, aprovechando el buen rollito, se lo soltó a Kim-jong-un-: «Kim, y perdona el tuteo, pero tu hermana me pone y deseo tenerla junto a mí antes de que las grullas alcancen los bosques de Uangpang». Gesto de afable comprensión de Kim-jong-un, pero una leve protesta. Es conocido el rigor matrimonial en las sociedades comunistas. «Mi querido Moon, y correspondo al tuteo. Nada me gustaría más que mi querida hermana y tú fuerais el uno del otro antes de que las grullas alcancen las bosques de Uangpang, y que los corzos rojos se alimenten con las flores de los rododendros que estallan junto a la pagoda de Mingsing, pero eres un fresco.

Estás casado con Ling-Pen-an, y sería un escándalo. Asimismo, mi hermana es una mujer coreana tradicional, de las que cuando besan sólo besan de verdad, y yo debo velar por su futuro. Pero si de aquí a diez días te separas de Ling-Pen-an cuenta conmigo sin límites ni cautelas, que el amor es como los ánsares violetas de la región de Ungfú, que sobrevuelan vientos, truenos y tormentas».

Y fue cuando se incorporaron, y ante los ojos chispeantes de Suh Hoon, Im-jong-suk, Kim-yong-chol y Kim-yo-jong, la deseada, los dos mandatarios se abrazaron haciendo creer a los analistas internacionales que habían rubricado un acuerdo de gran trascendencia, cuando en realidad lo que habían hecho es concederle a Moon-jae-in la mano de Kim Yo-jong, que aceptó sin titubeos el órdago a la grande.

«No habrá más guerra en la península de Corea», declaró Kim-jong-un. Pero en este asunto nada han tenido que ver ni Trump, ni Putin, ni los chinos, ni los japoneses, ni Raul Romeva, que se halla en prisión. Ha sido el amor. Un amor que explosionó en los Juegos Olímpicos de invierno, y que nos ha demostrado, una vez más, que un «te quiero, Kim» y un «yo más, Moon», pueden detener la destrucción del mundo.

Convencido estoy de la escasa repercusión que tendrá mi artículo de hoy. Lo sencillo no gusta a los analistas profesionales. El tratado de buena vecindad entre los coreanos del norte y el sur se debe exclusivamente al amor. Seamos cautelosos y pacientes.

Alfonso Ussía ( La Razón )