CORRUPCIÓN UNIVERSITARIA

Nunca nos cansaremos de repetir que la corrupción que padecemos es la consecuencia natural de una política que ha abjurado de su misión primordial, que no es otra sino la protección de los bienes morales.

En una época donde el asesinato del inocente, la opresión del pobre, la inversión del orden natural y la defraudación del jornal del trabajador (lo que en los catecismos antañones se llamaban «pecados que claman al cielo») se convierten en estandartes democráticos, amparados y jaleados por leyes inicuas, resulta natural que surjan gentes sin escrúpulos que se dedican a la rapiña y al saqueo de nuestros bienes materiales, en volandas de las ambiciones desmedidas y el ansia de honores y riquezas.

Y seguirán apareciendo bajo expresiones cada vez más aberrantes y descaradas, mientras no tengamos gobernantes que restauren los bienes morales que han sido escarnecidos y vilipendiados.

En estos días, ABC ha destapado un escalofriante caso de corrupción universitaria, con expedición de doctorados de pacotilla, tribunales de Monipodio y producción en cadena de tesis clonadas. Entre sus beneficiarios se contó el ínclito doctor Sánchez, elegido por la plutocracia para regir los destinos de los españoles durante los próximos años.

Ya nos advertía Torres Villarroel contra quienes se gradúan con nocturnidad, «entre gallos y medianoche, y comprando la borla incurren en una simonía civil de las muchas que se cometen en la Corte, adonde vienen a recuas los mulos cargados de panzas de doctores, licenciados y bachilleres».

Hoy ya no bastaría con una recua de mulos para cargar con los titulillos de chichinabo que expiden las universidades españolas, convertidas en un cortijo donde una patulea de urracas y polillas del erario público consiguen sin esfuerzo los honores académicos que los aureolen de prestigio ante las masas cretinizadas.

Fue Felipe González, ese gran prohombre del capitalismo de amiguetes, quien amparó la proliferación de universidades de chichinabo, supuestamente para favorecer nuestro sistema educativo con aportaciones de la «iniciativa privada».

Todas las universidades que entonces surgieron como champiñones sobre un mantillo de putrefacción son chiringuitos que, en el mejor de los casos, se aprovechan de las pretensiones de los papás ricachos que rabiaban porque sus hijitos ceporros no podían acceder a las universidades de mayor ringorrango; y, en casos aún peores, lavaderos con fachada respetable de los contubernios financieros más mugrientos.

Y, para legitimar toda esta cochambre, vino como pintiparado el malhadado Plan de Bolonia, que envileció para siempre los estudios universitarios y convirtió las universidades, antaño templos del saber, en grimosas escuelas de coaching, viveros de analfabetos funcionales y vendedores de crecepelos; a la vez que arbitró métodos de promoción completamente opacos, donde el amiguismo, la prevaricación y el cambalache imponen sus reglas.

Sospecho que la olla podrida que en estos días ha destapado ABC sólo es la puntita de la cúpside del promontorio de un iceberg de magnitudes colosales.

Pero, mucho más bochornosa que la actitud de la universidad implicada en el escándalo, es la complicidad vergonzante de las universidades no implicadas, que callan como profesionales del amor mercenario, en un repulsivo pacto de silencio mafioso, tal vez porque guardan trapos tan sucios como los que este periódico ha expuesto al público escrutinio.

Su silencio solidario nos vuelve a dejar claro que la corrupción del sistema es endémica. Y seguirá siéndolo mientras no se restauren los bienes morales.

Juan Manuel de Prada ( ABC )