CORRUPCIÓN Y GANCHILLO

Hace unas semanas se derrumbó un Gobierno acusado de corrupción en el caso Gürtel que en su primer acto acabó con 351 años de prisión para 29 políticos y empresarios. Hace unas horas ha caído un ministro por defraudar a Hacienda y el cuñado del Rey va a entrar en prisión. Durante todo el año están siendo juzgados presidentes de comunidades, dirigentes de partidos, conseguidores, empresarios y contables, alcaldes y sus bautistas.

El ministro que amaba tanto la cultura ha dicho antes de que lo echaran: «La inocencia no vale nada ante la jauría». Se refería a la jauría mediática, de plató, de donde él había salido. La ex ministra socialista Ángeles González-Sinde escribe que con el cese y falta de apoyo a Màxim Huerta, el presidente del Gobierno envía el mensaje de que la caza de brujas se ha reactivado.

Hay quien sospecha que bajo la bandera de la regeneración y la transparencia se esconden los partidos para destruir a los adversarios. Así como Maquiavelo ensalza la virtud como la excelencia del orden político, y los jacobinos la virtud basada en el terror; hoy los políticos utilizan un nuevo tipo de terror, el mediático, para destruir a sus competidores. Hay que ser tan bueno como el buen pan, virgen y mártir y no haber roto un plato, ni tener barro en los pies, si aspiras a ser concejal.

A pesar de la jauría o el escrache, la corrupción continúa porque forma parte de la sociedad del espectáculo y de la parrilla donde tuestan a los sospechosos o a los convictos. Es irrespirable el olor a cloaca combinado con el macartismo. No se persigue a los simpatizantes del comunismo; la caza de brujas ahora se basa en la demolición del prestigio de los que afanan, pero según quién mande a este o al otro lado de Sierra Morena.

Los partidos recurren al brazo fiscal para purgar no sólo a los adversarios o de otros partidos sino a sus disidentes interiores. Los dosieres, las escuchas y grabaciones, toda la basura secreta se conecta a las redes y nadie es libre de toda sospecha. Nos hemos convertido en voyeurs o tricotosas mirando cómo hacen ganchillo con las gargantas de los corruptos mientras los sans culottes son señorías. Las que zurcen no están a la sombra de la guillotina sino en los platos encendiendo las palmas cuando alguien dice: «Que devuelvan el dinero». Nos divertimos al estilo de los españoles sentados en las corralas del Siglo de Oro con la cólera hasta el final del juicio, mientras el ventilador de un Estado orwelliano extiende la mierda, nos graba y vigila. La ideóloga ha sido sustituida por el share y cada ciudadano es un juez de instrucción.

Raúl del Pozo ( El Mundo )