COVADONGA

Resulta muy molesto que un determinado partido pretenda apropiarse de la historia de España haciendo suyas las hazañas de nuestros héroes, pero más desagradable aún, y desde luego más incomprensible, es que toda una corriente política se empeñe en denostar ese pasado, tergiversarlo o llegar a negar acontecimientos cruciales, asociando de manera pueril ese formidable patrimonio común a una ideología que detestan mucho más de lo que aman a su patria.

No solo es absurdo y letal para la consolidación de un proyecto de futuro compartido, sino que denota un grado de sectarismo impropio de gentes cultas.

Santiago Abascal dio el pistoletazo de salida a la campaña de Vox en Covadonga, en un intento evidente de establecer una relación directa entre sus siglas y la Reconquista, culminada tras ochocientos años de lucha con la unificación (o reunificación) de España y la recuperación de la identidad cristiano-romano-visigoda que había tenido Hispania antes de la invasión islámica.

La democracia que disfrutamos hoy, así como la pertenencia a la Unión Europea, son dos de las bendiciones que debemos agradecer a ese empeño de nuestros ancestros por regresar a los orígenes, y la libertad inherente a esa situación permite a cada formación organizar su campaña como mejor le parezca.

Yo lo respeto, aunque repito que no me gusta en absoluto ese intento de capitalizar con fines electorales un legado histórico propiedad de todos los españoles, del que personalmente estoy tan orgullosa como para haberlo novelado en tres de mis libros, el primero de los cuales fue escrito hace catorce años.

He estudiado en profundidad esa época, he viajado a ella a través de todas las crónicas que han caído en mis manos, me he empapado de ese tiempo y ese entorno del Auseva (el monte Vindonio de los romanos, los actuales Picos de Europa) lo he recorrido, a menudo a pie, de norte a sur y de este a oeste… y si me enoja que alguien lo instrumentalice de forma interesada, mucho más me irrita la pretensión irracional de negar hechos innegables o considerar perjudiciales acciones y decisiones que nos convirtieron en lo que somos: una parte nuclear del entorno geopolítico más próspero, desarrollado, libre y paritario del mundo. Ese privilegio no es fruto de la casualidad, sino que responde a un esfuerzo sostenido durante siglos.

La batalla de Covadonga existió y supuso la expulsión definitiva del gobernador musulmán instalado en Gijón, se pongan como se pongan los «intelectuales» de la progresía, incluidos no pocos licenciados en Historia e insignes académicos de la Lengua que no aceptan la realidad de la Reconquista o la califican de «empresa insidiosa».

¡Claro que la leyenda ha impregnado después lo ocurrido hasta mitificar un suceso de proporciones mucho más modestas! ¿Qué nación no se forja embelleciéndose a sí misma? Ningún francés discutiría la grandeza de Carlomagno y ningún británico escupiría sobre los caballeros de la Tabla Redonda, por muy exagerada (o incluso imaginaria) que haya resultado ser su glorificación con el correr de las centurias.

Únicamente en España la izquierda en bloque asocia el concepto de nación con la derecha franquista y se empecina en alimentar toda clase de leyendas negras. ¿A quién puede sorprender que PSOE y Podemos sean los favoritos de todos los separatismos?

Si empiezan por abominar de lo que fuimos, es normal que acepten con naturalidad la idea de que dejemos de ser. Triste, grotesco y suicida, pero lógico. Que nadie se llame andana cuando, si las urnas se lo permiten, pasen de las ideas a los hechos.

Isabel San Sebastián ( ABC )