Los fanáticos que siguen a un partido político acaban siendo demasiado peligrosos para esa organización a la que admiran, porque se convierten en los guardianes no ya de la ideología sino de la acción represiva que consideran necesaria ejecutar contra los traidores a la causa.

Son tan incontrolables que acabarían llevando a la guillotina a sus propios líderes si se atreviesen a traicionar la pasión que les habían imbuido en sus discursos contra los enemigos de los otros partidos,  y lo harían porque carecen de la capacidad de discernir el bien del mal y la oportunidad de la consigna.

El periodismo en España se ha abarrotado de agitadores y propagandistas que con frecuencia  sirven a dos señores salvo que coincidan en uno sólo, y ha abierto sus puertas a  personajes  sin una mínima cultura de lo que en tiempos fue la decencia en la información, la independencia en las convicciones y la osadía para dimitir y buscarse el sustento en otro medio si la presión por ocultar algunos hechos era insoportable.

Esa gente hoy ocupa sillas en las tertulias o en otros programas en los que representar una ideología concreta es un plus,  muchos de ellos no son periodistas y les importa una higa lo que significa esta profesión en los sitios donde aún mantiene  la dignidad.

El problema de esta anomalía profesional no está solo en los periodistas sino fundamentalmente en las empresas que extienden su línea editorial incluso al pensamiento privado de sus colaboradores que no se atreven a expresarlos en público porque saben que incurren en riesgo de desacato.

Tengo la costumbre de escuchar  los fines de semana el programa  “A vivir que son dos días” de la cadena SER,  y observé con una cierta extrañeza que Juanjo Millás hiciera una crítica algo persistente contra  Fernando Simón, portavoz de emergencias sanitarias del ministerio de Sanidad, por haberse ido a bucear con Jesús  Calleja para un programa de Televisión en uno de los momentos más críticos de la pandemia. No criticaba su derecho a descansar pero le parecía inoportuna en ese momento la exhición en un programa en el que buceaba en el mar.

He de decir que a mí no me pareció mal que participase en ese programa pero también creo que es legítimo que haya quienes le quieran criticar, incluidos Millas y Javier del Pino, aunque me extraño que lo hicieran porque incumplían la doctrina oficial del grupo PRISA  que ha decidido que el gobierno y  sus colaboradores, en este asunto de la pandemia,  todo lo hace bien.

Lo que no se esperaban esos dos insensatos –  me refiero a del Pino y Millas –  es que a continuación recibirían un montón de mensajes amenazantes y descalificatorios de los oyentes , alguno de ellos con tintes de amenaza,  por haberse atrevido a cuestionar levemente la conducta de Fernando  Simón.

Debe doler que los tuyos te echen de la tribu ideológica a la que perteneces, por convicción o por conveniencia, presionados por la turba descontrolada que  milita en el fanatismo. Javier del Pino y  Juanjo Millás , que llevan muchos años sin apartarse de las reglas de compromiso de El Pais, acaban de  descubrir  que Roma no paga traidores.

No hay nada más libre que no jurarle fidelidad a nadie, salvo que se sea un mercenario, que no es el caso de del Pino y Millás, porque para formar esa tropa ya están los fanáticos que insultan y se inventan noticias falsas con la garantía que si los echan de algún medio los recoge Ferreras.

Diego Armario