CRISIS DE CONFIANZA

La expresión nueva normalidad es una frase que me repugna  porque lleva tatuado el símbolo de la derrota y la aceptación  sumisa de una  orden de alejamiento no solo de las personas sino también de nuestra propia identidad de hombres y mujeres libres, con vocación de convivencia.

Por eso le llaman “nueva” porque les incomoda la normalidad en la que ha vivido España desde la transición política, con un respeto a la separación de poderes, unas instituciones que cumplían su función sin trabas ni injerencias, una oposición que sabía ejercer su labor sin que el ejecutivo se lo impidiese mediante trampas o amenazas, una justicia independiente que ha procesado y llevado a la cárcel a los políticos corruptos, y con una sociedad plural que ha ejercido su derecho a expresarse libremente en las calles,  los medios y las urnas.

Esa normalidad exigía responsabilidad y compromiso pero la que ahora se pretende imponer huele a sudor de macarra,  a vocación totalitaria, a ruptura de la convivencia, a debilitamiento de las instituciones  y  consolidación del chiringuito para convertirlo en la barra libre del poder.

Si solo fueran a robar – como han hecho  hasta ahora todos los gobiernos  del Psoe y del PP – los ciudadanos tendrían la esperanza de que los nuevos aprovechados del dinero público  acabarían en Soto del Real,  en alguna cárcel andaluza o catalana, pero lo que están hurtando a manos llenas  – además de privilegios entre amiguetes que cuestan dinero al erario público – es la libertad, la convivencia, la dignidad de algunas instituciones, y parte del futuro de este país.

Cuando se tiene en el gobierno como vicepresidente  a un hooligan que anda echando gasolina a la convivencia y practica la deslealtad institucional contra las propias estructuras del Estado democrático, busca la confrontación con otras comunidades autónomas, descalifica a instituciones y se pone en jarras para insultar y amenazar  mientras le jalea el anterior lumpen que ahora ha pillado cargo y honorarios, la prima de riesgo sube, la confianza baja y la dignidad se resiente.

Disentir es un signo de calidad democrática y por eso intentar unificar el pensamiento de una sociedad libre, descalificando a quien no comulga con las consignas del poder, es una de las mayores indignidades que puede practicar un gobierno.

La sociedad  no puede ser uniformada por decreto ley y no se va a conseguir mediante amenazas y descalificaciones globales contra sectores de una sociedad plural que, guste o no, existe y sus miembros tienen los mismos derechos que los socios y simpatizantes de los pirómanos.

Tenemos que recuperar la confianza entre gente que piensa de forma distinta, porque eso ocurre en las familias que con capaces de convivir votando cada uno lo que le dé la gana. El problema es que “No sé qué hemos hecho para merecer a estos”, porque han sido capaces de superar a los peores que hemos tenido con anterioridad.

Otros países también tienen razones para darse cabezazos contra el muro de las lamentaciones, pero desde hace un tiempo no nos supera nadie en desgracias…y desgraciados.

Diego Armario