¡ CRUCIFÍCALO !

Ése fue el berrido con el que la chusma jerosolimitana recibió la tímida propuesta de Poncio Pilato cuando éste dijo que no veía motivo alguno para condenar al reo y a renglón seguido, amedrentado por el sectarismo del Sanedrín y el fanatismo de los servidores del Templo, se lavó las manos. Yo también, como columnista, he preferido desentenderme del asunto de la Manada para no incurrir en las iras de la España inferior que ora y embiste, pero el clamor y el hedor suscitados por ese episodio me constriñe hoy a mojar la pluma en el pozo negro de la Cloaca Máxima en la que este país se ha convertido. Casi todos los intervinientes en tan nauseabundo suceso, ya sea por activa, ya por pasiva, salen de él malparados.

La víctima, por su ambigüedad y su involuntaria visibilidad, también. Sólo se salvan los tres jueces (los tres, digo) y los escasos comentaristas que se han atrevido a denunciar el linchamiento orquestado por las manifestantes y por quienes se han sumado a él desde las trincheras de la política, el Búnker de las instituciones, el chachachá de las tertulias y las tribunas de opinión escritas con mando a distancia. ¿Qué cabe esperar de un país en el que cientos de miles de personas legas en derecho se calzan la toga de los jueces y arremeten contra las impecables razones jurídicas (sólo jurídicas) expuestas en el voto particular de un magistrado de conducta heroica que se acoge al sacrosanto principio de in dubbio pro reo?

Vergonzosa es así mismo la actitud de los políticos de uno u otro signo que por miedo a perder votos o con la esperanza de pescar algunos han hecho suyos el lenguaje y la demagogia mitineros. Quienes peor librados salen son, por supuesto, que la duda ofende, los energúmenos de la Manada, sea cual sea la definición de su delito, y si éste, como cree el juez Rodríguez, no lo fuera, da lo mismo, pues la barbarie de los hechos permanece, pero a la hora de asignar responsabilidades no deberíamos olvidarnos de los legisladores y los pedagogos que con sus lerdos planes de estudio y su sumisión a la permisividad del antiautoritarismo sesentayochista han extirpado hasta la cepa los valores morales.

Los miembros de la Manada son el fruto pocho de la subcultura del botellón y el relativismo en la que buena parte de sus coetáneos y de quienes ya no lo son han echado los dientes, pero no la muela del juicio. El problema de fondo sigue siendo el de siempre: la educación. O ella, o el diluvio.

Fernando Sánchez Dragó ( El Mundo )