Algunas alarmas han debido de saltar en La Moncloa por las dificultades, o por la incapacidad, de Pedro Sánchez para justificar con un mínimo de credibilidad su acuerdo con Bildu. Cuando un presidente del Gobierno se ve forzado un domingo a media tarde a comparecer públicamente sin ningún mensaje novedoso, urgente o útil contra la pandemia es porque hay acontecimientos que le hacen daño y se ve necesitado de cubrir cuota de pantalla para distraer la atención.

Sin duda, uno de esos acontecimientos fue la masiva protesta ciudadana contra la «ley Celaá»; el otro, la crítica creciente contra su pacto con Bildu, porque es un dato objetivo que el PSOE no necesita ninguno de los cinco escaños de Arnaldo Otegui para aprobar los Presupuestos Generales.

Ambas decisiones políticas no solo han encontrado la incomprensión absoluta de buena parte de la sociedad española, sino también de relevantes círculos del propio PSOE. No obstante, la reunión de la dirección socialista fue ayer de nuevo un bálsamo para Sánchez, porque solo es una camarilla diseñada a su imagen y semejanza precisamente para silenciar cualquier clase de crítica.

Sin embargo, si Sánchez se ve forzado a explicar que ETA es el pasado, que Bildu es un partido legítimo aunque no haya condenado el terrorismo, y que las únicas siglas que interesan al PSOE son las de los Presupuestos Generales del Estado (PGE), es porque algo se ha empezado a torcer en sus sondeos internos.

Primero, porque sabe a ciencia cierta que ETA no es el pasado, y que Otegui es un condenado por terrorismo muy tóxico para el votante socialista. Y segundo, porque fue él mismo, y nadie más, quien impuso una línea roja a la resistencia moral del PSOE negándose en firme a negociar jamás con los herederos de Batasuna.

Eso fue hace menos de dos años, pero ahora la realidad le ha delatado. A Sánchez ha empezado a dejar de funcionarle ese relato casi mágico con el que los guionistas de La Moncloa fabrican realidades paralelas con tal de mantener el poder a toda costa

Resulta anacrónico que el presidente del Gobierno mantenga activo el franquismo como mantra vigente contra una democracia que solo él presume de representar con dignidad, y sin embargo ETA, cuyos simpatizantes siguen homenajeando a terroristas excarcelados a plena luz del día, es el pasado felizmente desaparecido. La rueda de prensa de Otegui ayer demuestra que para nada eso es así, y que tanto La Moncloa como Bildu mienten sobre la inexistencia de un acuerdo.

Sánchez ha frenado el debate interno en el PSOE «oficial» y ha sabido reconducir a los «barones» críticos por el error de ceder ante Bildu. Pero Otegui no compareció ayer ante la opinión pública para convencernos de que es un converso a la democracia que va a plantear una consulta interna en el mundo proeterra para que avale su «sí» a los Presupuestos de Sánchez. Bildu, como Sortu, no son partidos políticos y nunca han preguntado nada a sus bases.

Son cuevas de una militancia pos-ETA que sigue creyendo en ETA y en cualquier vía para lograr la independencia del País Vasco. Si Otegui habló, fue sencillamente para ningunear a Sánchez y reafirmar que acepta la invitación de Pablo Iglesias para asumir su parte alícuota de «dirección del Estado».

O sea, para chantajear a ese PSOE que en sus homenajes al asesinado Ernest Lluch de este fin de semana no ha tenido la decencia de citar las siglas de ETA. ¿Lluch fue acribillado por «el odio», por «la violencia», por «el terrorismo»… pero no por ETA?

Conceder un triunfo así a Otegui y a Pablo Iglesias demuestra que algo falla estrepitosamente en la diluida moral inyectada por Sánchez al PSOE.

ABC

viñeta de Linda Galmor