Joe Biden se pasa la vida retando a puñetazos a todo el que se le atraviesa en el camino de sus ambiciones. En la última campaña presidencial lo hizo en contra del mismo Donald Trump. Pero en realidad es un cobarde que se opuso a la liquidación de Osama bin Laden por su jefe y compinche Barack Obama, quién ahora está detrás de todo lo que está pasando en la Casa Blanca. Por otra parte, «Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces». Estos alardes delirantes confirman que Biden es la síntesis de todas las excresencias humanas, incluyendo una corrupción de proporciones galácticas.

Y prueba al canto, este esperpento corrupto ha sido «il capo di tutti capo»  de la mafia integrada por la familia Biden. Sus hermanos se han hecho millonarios al amparo de las posiciones políticas de Joe y su hijo Hunter es el resultado de la corrupción y de la falta de principios de un padre que es propietario de una residencia de 6850 pies cuadrados y 2.5 millones de dólares en Delaware.

Y todo esto lo ha hecho durante los 44 años en que ha vivido del presupuesto federal y sin haber disparado un chícharo durante su infructuosa vida.

Y ahora, en el colmo de la maldad, ha dejado a millares de americanos a merced de sus «nuevos amigos» los Talibanes. Según fuentes dignas de crédito, todos los americanos que vivían fuera de Kabul fueron rechazados y sus pasaportes destruidos por las postas talibanas. Todos esos desgraciados integran la mayoría de los millares de rehenes abandonados a su suerte.

Las cifras publicadas por este gobierno de mentirosos no pueden ser creídas y posiblemente nunca sabremos su verdadero número. Lo que sí sabemos, es que este número es cien veces mayor que los 52 rehenes de los clérigos iraníes que en 1979 destruyeron la presidencia y la credibilidad del pusilánime Jimmy Carter.

Por otra parte, Biden es un hombre malo que llega al extremo de presentarse como víctima ante el pueblo americano. Para ello no tiene escrúpulos en utilizar la muerte de su hijo «Beau» Biden, III. «Beau» murió de cáncer pero Joe acentúa la condición militar de su hijo para compararlo con los trece soldados asesinados la semana pasada por un fanático de ISIS-K en el aeropuerto de Kabul. Ambas desgracias son humanamente lamentables.

Pero más lamentable aún es la acción miserable de utilizar esas muertes con fines políticos. Éste es el maleante que nos impuso por la trampa en las últimas elecciones presidenciales la crápula corrupta que ha secuestrado al Partido Demócrata.

Pero Biden ha hecho su parte en todo esto. En una de las delirante lecturas de los mamotretos que le preparan sus manipuladores, Biden dijo: «La fecha final del 31 de agosto depende de la continua colaboración de los Talibanes en cuanto a permitir el acceso de las personas al aeropuerto para ser transportadas fuera de Afganistán».

Por encima de todas sus dolencias Biden parece sufrir del llamado «Síndrome de Estocolmo» cuando  habla de  «la continua colaboración de los Talibanes». Sería de tontos esperar que esos enemigos que dieron refugio a Osama bin Laden y combatieron por 20 años contra los soldados americanos vayan ahora a velar por la integridad de los civiles americanos.

Esto no se lo cree ni nuestro personaje folklórico del «caballero de Paris».

Al mismo tiempo, fiel a su conducta de mentiroso y plagiario Biden se robó la frase célebre de Harry Truman: «the buck stops here» en español :»Yo soy el responsable». Pero, acto seguido, le echó la culpa a todo el mundo, empezando desde luego por Donald Trump y terminando con los soldados afganos entrenados por los Estados Unidos. Una bajeza inaudita de un hombre que jamás ha empuñado un arma en defensa de su país.

Una ruindad cósmica contra los 50,000 afganos que cayeron en el campo de batalla en los 20 años de guerra contra al-Qaeda y los Talibanes. Jamás he escuchado un discurso más mezquino en boca de un presidente americano.

Hablemos ahora de la cobarde retirada de Biden de Afganistán y de los armamentos que dejó de regalo a sus «nuevos amigos» Talibanes. Violó la norma de que, en la vida, es tan importante saber entrar como saber salir.

Desoyendo el consejo de los militares y de los funcionarios de inteligencia, Biden decidió sacar del país primero a los 2,500 soldados que quedaban en Afganistán y después a los civiles. Eso no se le ocurre ni al que «asó la manteca» Si Biden se ve forzado por la opinión pública a sacar ahora al resto de los civiles que abandonó en Afganistán va a tener que mandar 4 veces esa cantidad de soldados.

El objetivo de Biden era celebrar el 11 de septiembre−fecha del artero ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York− como el final de la presencia de tropas americanas en Afganistán. Pero le «salió el tiro por la culata», porque los que celebran ahora son los Talibanes y sus aliados de ISIS-K. Y no me diga nadie que estos terroristas son bandos enemigos. Por el contrario, están unidos por ese lazo poderoso del odio al enemigo común. Y ese enemigo no es otro que los Estados Unidos.

Biden dio la orden de abandonar la gigantesca base aérea de Bagram en medio de la noche. Después de 20 años de haberla ocupado los americanos se fugaron a escondidas como los ladrones. Ni siquiera tuvieron la decencia de notificar al Jefe Militar afgano que quedaría a su cargo. Apagaron las luces y se fueron. Sus aliados afganos se dieron cuenta dos horas más tarde. En una noche tiraron por la borda toda la credibilidad y la buena voluntad que habían  sembrado durante 20 años.

Esta medida resultó ser un gigantesco error de cálculo. Cerrada Bagram, la única puerta de salida para los americanos fue el aeropuerto de Kabul, que no tenía las condiciones para ser defendido con efectividad. Esto facilitó a los terroristas de ISIS-K hacer explotar la bomba que mató a 13 soldados americanos y casi 200 civiles afganos.

Por otra parte, los armamentos que dejó de regalo a los Talibanes−en la cantidad astronómica de 80,000 millones de dólares− serán utilizados ahora y hasta en el futuro lejano para matar a nuestros aliados afganos y a todo el que trate de salvar a Afganistán de la opresión de estos fundamentalistas fanáticos, crueles y analfabetos.

Otra de las consecuencias negativas de esta fuga en desbandada es la satisfacción de Rusia, Irán y China Comunista ante la pérdida de prestigio e influencia de los Estados Unidos en el escenario mundial. Lo mismo puede decirse del temor justificado de Taiwan, Ucrania, Israel y muchos estados árabes del Medio Oriente de convertirse en víctimas del «Imperio Diabólico» bautizado por Ronald Reagan.

Muy diferente habría sido la salida de tropas norteamericanas de Afganistán con Donald Trump en la Casa Blanca.

Esto no lo digo por ser partidario de Trump− que lo soy hasta la misma médula−sino porque su conducta respalda mi afirmación. La realidad irrefutable es que los hombres no somos respetados por nuestra retórica sino por nuestra conducta. Bien lo dijo el Apóstol de nuestra independencia: «Los hombres pasan por lo que hacen, no por lo que dicen». Ese es el caso de Donald Trump.

A mayor abundamiento, el contraste entre estos dos presidentes confirma lo que digo. En los primeros ocho meses de Biden los terroristas de ISIS-K  mataron a 13 soldados americanos y más de 200 afganos. En los últimos 18 meses  de Trump los terroristas no tocaron un sólo pelo de un soldado americano.

¿Por qué esta diferencia? Muy simple. Porque Trump les dijo que si lo hacían caería sobre sus cabezas todo el poderío de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Pero Biden dice lo mismo y no lo respetan. La diferencia está en que lo dicho por Biden se queda en palabras y las palabras de Trump son sólo el preámbulo de las acciones que ha de poner en práctica.

Por ejemplo, Trump fue el presidente que mandó a las regiones infernales al general iraní Qasem Soleimani, responsable por las muertes de millones de seres humanos.

Trump fue el presidente que, con la ayuda de los kurdos, redujo a escombros al Califato del Estado Islámico en territorio sirio con una extensión territorial igual que la de Portugal. Y en el proceso fue muerto el siniestro cortador de cabezas Abu Bakr al-Baghdadi.

El resultado−parafraseando un viejo comercial de la televisión americana−cuando Trump habla los terroristas escuchan.

Alfredo M. Cepero ( El Correo de España )