¿ CUÁNTA HUMILLACIÓN LE CABE A SÁNCHEZ ?

Desde que Fernando VII cometiera la vileza de arrodillarse ante el invasor francés y abdicar la corona en favor de Napoleón, mientras su pueblo luchaba por la libertad y la dignidad de España, ningún gobernante patrio había caído tan bajo como Pedro Sánchez. Ninguno había mancillado de tal modo su honor y el de la Nación, lamiendo las botas del enemigo en lugar de plantarle cara.

Ninguno se había humillado hasta límites semejantes a fin de salvar el pellejo o, en este caso, la poltrona. Fernando VII ha pasado a la historia con el sobrenombre de «felón». ¿Qué apelativo acompañará a nuestro actual presidente en los manuales del futuro? ¿Sánchez el villano, el cobarde, el traidor, el mezquino, el abyecto,

 el liquidador? Cualquiera de ellos define la bochornosa claudicación que caracteriza a día de hoy su relación con los sedicioso catalanes. Todos y cada uno lo retratan como lo que es: un ser desprovisto de principios, cuya única motivación es la conservación del poder.

A ese afán supeditará lo que sea menester, empezando por la Constitución que juró cumplir y hacer cumplir, salvo que ésta demuestre tener suficiente fortaleza como para resistir sus embates. Porque una cosa es segura: quienes lo han aupado hasta donde está no van a cejar en su empeño de dinamitar el marco legal que cobija a la patria común de los españoles. No van a renunciar a robarnos la soberanía.

No se van a conformar con nada menos que la liquidación de la indisoluble unidad nacional consagrada en la Carta Magna. Si el jefe del Ejecutivo piensa que logrará atemperar esas pretensiones domesticando al tigre que cabalga hasta convertirlo en un manso jamelgo, uniría a la indignidad una ingenuidad clamorosa o más bien la arrogancia propia de quien tiene una consideración de sí mismo muy superior a la merecida atendiendo a sus capacidades.

El reverencial cabezazo del valido Iván Redondo ante el inhabilitado Joaquim Torra es una metáfora perfecta del pacto de vasallaje suscrito entre Sánchez y sus socios independentistas. Estos últimos son el señor, por supuesto, y él su leal vasallo, a cambio de apoyo parlamentario para conservar la Moncloa. Porque en política las formas revisten tanta importancia como el fondo de los asuntos tratados y a menudo incluso más.

Nadie sabe a estas alturas en qué consiste exactamente el «diálogo» que no se cansa de predicar nuestro presidente, pero todos hemos visto y oído cómo se le recibía en Barcelona con el protocolo reservado a los jefes de Estado extranjeros; cómo él adoptaba el lenguaje de los separatistas, hablando de España y Cataluña cual si se tratara de dos países distintos; cómo ofrecía a esa comunidad autónoma privilegios fiscales y de financiación, a la vez que rehusa abonar a las demás el IVA que se les adeuda; cómo se desvivía, en suma, por agradar a nuestros maltratadores, en un patético intento de apaciguar a la fiera.

También hemos conocido la respuesta de los golpistas a esas ofrendas no solo infamantes, sino inútiles: reconocimiento del (presunto) derecho de autodeterminación, referéndum en Cataluña para decidir si se quedan o se van, mesa de negociación bilateral entre gobiernos y relator/mediador «a ser posible internacional», encargado de garantizar que las conversaciones se celebren en un plano de absoluta igualdad entre ambos interlocutores.

Torra, es decir Puigdemont y Junqueras, o su fiel lacayo Rufián, se pelean por ver cuál de ellos escarnece más y mejor al representante de España. Y yo me pregunto ¿Tiene límite la humillación que está dispuesto a soportar Sánchez?

Isabel San Sebastián ( ABC )

viñeta de Linda Galmor