CUATERNARIO

Dentro de un par de días, a lo sumo, no quedará una sola referencia a los ERE en la agenda de la práctica totalidad de las televisiones y de la mayoría de los periódicos. «Darle cajonazo» lo llaman en Cádiz. Los partidos de la derecha serán incapaces de encontrar el modo de mantener el escándalo en el debate político, y el Gobierno aventará detalles de la negociación con Podemos o cualquier otro asunto -si puede ser algún coletazo de la corrupción del PP, mejor- que le eche tierra a la sentencia.

Tema zanjado. Pablo Iglesias está amordazado con la negociación de sus carteras mientras sus huestes de Twitter se ocupan del trabajo sucio de establecer presuntas diferencias éticas entre la trama Gürtel y las «irregularidades» de la izquierda. La vieja guardia del PSOE, esa agrupación de Senectudes Socialistas con la que solía bromear Rubalcaba, no se atreve a levantar la voz ni la cabeza porque Chaves y Griñán formaban parte relevante de ella.

Y Susana Díaz tiene bastante tarea con evitar las secuelas de la condena. Sánchez no necesita dignarse a comentarla: todo lo que ocurrió antes de su providencial epifanía pertenece al Cuaternario, a la era de las cavernas. Si hasta su propia tesis le parece ajena, si sus objeciones a la coalición, que son de ayer por la mañana, han quedado obsoletas, cómo se va a sentir concernido por minucias de otra época.

Las cuitas judiciales de «antiguos responsables» del «antiguo partido» son bagatelas que no van distraer la atención del César. Los fontaneros de La Moncloa se ocuparán de que la orquesta de cámara mediática toque la partitura que mejor convenga. Como se ocupó la Audiencia sevillana de que el veredicto no interfiriese una campaña que podía haber discurrido de otra manera.

Todo esto del doble rasero, de la asimetría moral, no se relaciona sólo con el pensamiento hemipléjico, sino con un concepto del poder como desempeño integral, heterogéneo, que debe ejercerse con el máximo celo. Una interpretación totalizadora -que tiene la misma raíz que totalitaria- de los principios maquiavélicos.

El poder no consiste sólo en dirigir un Gobierno; se trata de mover a la vez todos los complejos mecanismos de influencia que rigen en el mundo moderno. La propaganda, la educación, la jerarquía de valores y modelos, la hegemonía cultural… los poderes blandos y los duros alternados con determinación y sin miramientos. El poder como un despliegue de control a tiempo completo sobre un mapa social híbrido, poliédrico.

Es así como se construye la posición de supremacía que permite establecer lo que importa y lo que no, definir el lado correcto de la vida, prescribir doctrina, alinear -y alienar- en sintonía el pulso de la sociedad con el de la dirigencia política. Marcar el compás del mainstream y, si es necesario, hasta los tiempos de la Justicia. A ese respecto, la derecha sí que está en el Cuaternario todavía.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor