CUATRO ESQUINITAS

La derecha acude al duelo electoral del domingo con una mano atada a la espalda: aunque nada esté escrito de antemano, su división es un claro hándicap que la sitúa en posición de desventaja. Su apoyo social está prácticamente intacto, tal vez incluso al alza, pero de sus once millones aproximados de votos, alrededor de tres se pueden quedar sin representación parlamentaria.

Se trata de una elemental cuestión matemática relacionada con una ley electoral que establece un cuello de botella en las provincias menos pobladas. En un sistema diseñado para favorecer la estabilidad bipartidista en los albores de la democracia, la concentración del sufragio goza de un incentivo y la desunión se paga cara.

La mayoría conjunta de PP, Vox y Ciudadanos no es en absoluto imposible, pero resultará muy complicado que los tres partidos sumen 176 escaños si uno de ellos no es el más votado. Y no ha habido una sola encuesta que descabalgue al PSOE del liderato.

Ésa fue la baza clave que impulsó a Sánchez a la moción de censura de hace un año: era perfectamente consciente de que no tenía ninguna posibilidad si llegaba a las elecciones en un papel irrelevante, sin disponer siquiera de un acta de diputado. El poder le ha servido de plataforma para dar el salto y convertir a Podemos en un satélite secundario.

La fractura del centro y la derecha, incrementada por la potente irrupción de Vox, ha contribuido a facilitarle el trabajo aunque en Andalucía el exceso de confianza le costase un descalabro. Pero el efecto sorpresa se ha disipado; la izquierda está advertida y el separatismo dispuesto a ofrecerle su brazo.

En estas condiciones, el triunfo de la oposición requiere casi un milagro político, una movilización descomunal en la que el electorado liberal y conservador asuma la conciencia del desafío y la canalice en un común objetivo superando su reciente fraccionalismo.

Y aun así, habrá de superar el obstáculo que el sistema impone al sufragio dividido. La apelación al voto útil, o eficaz, apenas está funcionando porque las tres fuerzas parecen dispuestas a confrontarse hasta el mismo borde del suicidio colectivo. Una victoria en papeletas pero no en escaños pondría de manifiesto la tendencia autodestructiva del constitucionalismo, que puede sufrir una severa crisis de frustración la noche del escrutinio.

Muchos españoles pueden levantarse el domingo con la euforia alta, ir a votar con las emociones alborotadas y acostarse con Sánchez, Iglesias, Junqueras y Otegui apoyados en su almohada. Cuatro esquinitas tiene mi cama. Pero esos personajes no son precisamente ángeles de la guarda.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor