CUENTOS DE MILITARES

Érase una vez un país imaginario, gobernado por social-comunistas, en el que un coronel imaginario -hijo de militar y hermano de militares imaginarios- fue apresado y separado de la carrera militar por expresar sus ideas.

Entre otras cosas, decía que el ministro de Defensa de aquel Gobierno -y el propio Gobierno en sí-, era el peor que había tenido el país, y lo acusaba de una nefasta gestión en su política militar, en su política de personal y en la compra de armamento y material.

Al parecer, el ministerio de turno se había gastado miles de millones en proyectos que se abandonaban sin llegar a mejorar el nivel operativo de las Fuerzas Armadas.

Aunque el militar aherrojado no lo decía, era bien sabido que lo fundamental en aquellos contratos inútiles no era la eficacia, sino el afán de los mediadores por enriquecerse ilegítimamente a través de las respectivas comisiones, algo habitual desde que el socialismo había accedido al poder e instalado la corrupción como norma sociopolítica.

Aquél coronel se ponía de ejemplo para demostrar que quien hablaba en el Ejército se jugaba la carrera y acababa en la cárcel. Al parecer, el malestar entre muchos de sus ex compañeros era patente, pero permanecían en silencio para no perder el cargo.

A él lo habían presionado para imponerle el mutismo, temiendo sus superiores que descubriera las abundantes carencias de la Institución y, al no conseguirlo, la mala fe del ministro y de su estáf adquirió tintes personales, negándole el retiro solicitado y haciendo que el Consejo Superior del Ejército se pronunciara ante su actitud.

Aquella decisión ministerial -aprobada por supuesto por el Gobierno-, además de ser una clara venganza de estilo nazi-bolchevique, causó al protagonista un perjuicio económico y moral muy grave, pero no pudo impedir ni rebajar, sino agravar, el descontento y la desmoralización de la milicia, que había ya adquirido magnitudes gravísimas.

Al coronel de nuestra historia le negaron el saludo y, ante la asfixia psicológica a que era sometido y ante la sensación de estar vigilado permanentemente, tuvo que incomunicarse: todo lo que hablaba con el gobernador y el jefe de la cárcel, era inmediatamente conocido por el Ministro y su Estado Mayor.

Desde su llegada al Gobierno, los paranoicos socialistas se habían dedicado -como en tantas otras cosas, de acuerdo con su hoja de ruta- a desactivar la amenaza militar, porque la sucia conciencia de las izquierdas es incapaz de superar el síndrome del golpismo, en el cual ven ellos su única amenaza, tras tener controlada a la Justicia.

Y la consecuencia de aquella enfermiza obsesión había sido la absoluta inoperatividad de un Ejército que sólo estaba disponible como sicario de otras potencias -amigas o enemigas-, nunca para la defensa de las fronteras nacionales -terrestres y marítimas-, ni al servicio de los españoles ni de su Constitución.

En realidad, al socialismo del cuento, cuyas semillas acababan germinando siempre en tenebroso frentepopulismo, no puede interesarle nunca un Ejército de verdad, porque sabe que con él sus doctrinas disolventes y sus leyes corruptoras no podrían implantarse, ya que los ejércitos verazmente profesionales están concebidos para garantizar la soberanía y la independencia de todo Estado social y democrático de Derecho, no para proteger a la inmundicia.

Cuando finalmente preguntaron al coronel del cuento si, en su obligado ostracismo, sentiría nostalgia del uniforme, respondió tajantemente que no, porque llevar uniforme a las órdenes de mandos con espíritu bolchevique era una carga insoportable, y que por eso lo dejaba con gusto. Y añadió: «Mi conciencia no me hubiera dejado llegar a general en este Ejército, ausente como se halla de espíritu de servicio y carente de su genuina responsabilidad en la mayoría de sus miembros más representativos».

Éste es el cuento, pero al hilo de él y siguiendo en el país imaginario, algunos altos militares, ya apeados del burro, venían a decir, más o menos, en sus enfáticos mensajes de despedida, que mil vidas si tuvieran perderían al servicio del Rey -también imaginario- y de la Nación. «Guarden bien la que tienen -les respondían algunos-, porque si la pierden el Rey no lo sentirá ni se la devolverá; lo mismo que la Nación a la que ellos abandonaron en manos de otros tan traidores y en manos sobre todo de los que la odian, dejándola irreconocible».

Es cierto que tenían mucha razón en servir al Rey y a los gobernantes bellacos, pues a costa de la libertad de los ciudadanos de bien y sin ningún esfuerzo andaban todos comiendo del sudor de los espíritus que sufrían el oprobio. De ello y de otras muchas cosas parecidas que hacían el Rey imaginario -mediante sus inconcebibles refrendos a las aberraciones socialistas- y los que se ciscaban en la Constitución, recibían grandísima afrenta la dignidad y Dios.

En dicho país imaginario, estos militares habían convivido y convivían, zalameros y oficiosos, con los causantes de sus males, con los que siempre están dispuestos a no dejar viva ninguna cosa noble sobre la tierra. Pero no deberían pensar que engañaban a nadie con ese servicio que se jactaban de hacer a su Rey y también al pueblo humillado, porque ellos, serviciales y sumisos con la maldad frentepopulista, habían contribuido y contribuían a menospreciarlo. Podría decírseles, por lo tanto, que el ciudadano más anónimo que sale a la calle enarbolando la bandera de la Patria frente a los hampones incendiarios, ya ha hecho más servicio que ellos.

Y podría proclamarse, como colofón del cuento, que malditos sean todos los hombres, chicos y grandes afanados en matar la libertad, y mucho más malditos lo sean aquellos que desde los altos cargos de las instituciones conspiran contra ella o la deshonran con su traición.

Jesús Aguilar ( El Correo de Madrid )