En España tenemos un problema de identidad no resuelto, y no me estoy refiriendo al asunto que estos días está de actualidad con motivo del debate sobre la ley transgénero que una intelectual como Irene Montero pretende resolver con simples modificaciones gramaticales o lingüísticas o acortando plazos, y creyendo que la confusión que algunos afectados sufren se resuelve con el Boletín oficial del Estado.

Ese asunto me parece que es mucho más serio de lo que quiere aparentan la madre de los hijos de Pablo Iglesias porque su propuesta cuenta con la oposición de colectivos implicados en el movimiento de  LGTB , pero hoy no voy a hablar de este tema porque me parece que merece una reflexión profunda  y   un estudio comparativo con otras legislaciones de distintos países.

Hoy me quiero referir al carajal mental que tienen no pocos ciudadanos en nuestro país, que no saben lo que son y lo que quieren ser, con lo que España se está convirtiendo en una sociedad de gente cabreada que odia su propia identidad nacional y política y que no tienen ningún sentimiento identitario, ni cívico. Eso es lo moderno, al parecer, y los raros son los hombres y mujeres que aman su patria, sus símbolos, su historia, sus instituciones y la Constitución que las garantiza

Solo hay que echar un vistazo a algunas esquinas parlamentarias de nuestro país para encontrar en ellas a gente que viniendo de otros países se han incorporado a nuestra sociedad para decirnos qué es lo que tenemos que odiar.

Gente que en sus países de origen no gozaban de las condiciones económicas ni de libertad individual que tenemos aquí y que ahora se han convertido en portavoces de grupos políticos que nos enseñan cómo debemos despreciar más y mejor a nuestra nación.

Yo he tenido el privilegio de vivir y visitar numerosos países de los dos hemisferios y en casi todos el sentido de pertenencia a su comunidad de origen es muy fuerte, menos aquí que no sabemos quiénes somos, denostamos de dónde venimos y no tenemos ni puñetera idea de a dónde queremos ir.

Claro que si nuestros gobernantes tampoco lo saben ¿qué puede salirnos mal?

Diego Armario