CULTIVANDO POPULISMOS

Adolf Hitler decía que «quizás la más grande y mejor lección de la Historia es que nadie aprendió las lecciones de la Historia». Una de las más importantes es que las crisis provocan zozobra en la clase que más las padece, la trabajadora. Y que esta base social encuentra al enemigo en los políticos incapaces de resolver sus problemas y en los inmigrantes como competidores laborales.

El resultado es que su voto es capaz de cambiar, de la noche a la mañana, ideología por seguridad. Así ascendió Hitler como precursor del populismo. Tras la última crisis hemos visto cómo barrios europeos de trabajadores como Marsella, Bolonia, Simmering o Almere se echaron en brazos de la extrema derecha.

Otra lección no aprendida es que ante un movimiento nuevo, sus detractores le encasillan rápidamente en la definición más humillante posible, convencidos de que así los votantes se lo pensarán dos veces. Pero el efecto acaba siendo el contrario porque en toda sociedad hay un nicho que vota en contra del que gobierna.

Decir que Vox es un partido para fascistas y racistas es un error tan grande como lo fue en su día calificar a Podemos como una formación para perroflautas. La misma brocha gorda. La misma miopía. Ambos se nutren de votos de los extremos, pero son fenómenos mucho más complejos y, sobre todo, tienen capacidad para captar al votante que reclama un cambio que los partidos tradicionales parecen incapaces de articular.

El pasado septiembre, antes de la irrupción de Vox en el Parlamento andaluz, Julio Anguita, el diputado de Podemos Pablo Monereo y el profesor de Derecho Héctor Illueca publicaron un artículo en «Cuarto Poder» en el que achacaban el ascenso de Matteo Salvini al fracaso de la izquierda.

«Ya no es capaz de entender a su pueblo», concluían. «La clave, se quiera o no, es la contradicción cada vez más fuerte entre los partidarios de la globalización neoliberal y aquellos que con más o menos conciencia defienden la soberanía popular, la independencia nacional y apuestan por la protección, la seguridad y el futuro de las clases trabajadoras», decían.

No afrontar que en los barrios humildes existen problemas de convivencia relacionados con un porcentaje de extranjeros solo provoca que quien lo sufre se sienta absolutamente desamparado. Como también enseña la Historia, los más radicales son los conversos.

Y sus votos irán para quien crean que les ampara. El debate que deben abrir los grandes partidos si quieren frenar los extremos no es quién es fascista o perroflauta sino cómo mejorar el porvenir de las clases trabajadoras. El discurso político de brocha gorda es caldo de cultivo para los populismos. De cualquier extremo.

Ana I. Sánchez ( ABC )