Para escribir en Público no hace falta tener pluma, estilográfica, se entiende, de la otra es conveniente porque desde que los socialcomunistas convirtieron las plumas de Sodoma en un mérito laboral conviene adornarse para tener tajo, aunque el plumilla no sepa colocar en orden sujeto, verbo y predicado.

No conozco al plumilla de Público Danilo Albin, homónimo del personje de la opereta vienesa La Viuda Alegre. Llamarse Danilo es como llamarse Cuasimodo, una putada. No conozco al tal Danilo, pero sí sé que no tiene estilográfica e ignoro si otras plumas le adornan, o no, los esfínteres de las esclusas de aceite.

En cualquier caso Danilo, que a menudo pierde el hilo con la sintaxis y el buen orden del sujeto, verbo y predicado, es, por méritos propios, un sicofante rojillo que ejerce de plumilla en Público, en cuyo soviet pseudoperiodístico gruñe memeces contra el general Juan Chicharro, en su calidad de presidente de la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF), y ahora también contra su hijo, el teniente de navío Juan Chicharro, en su cualidad de protagonista de un vídeo promocional de la OTAN.

Se escandaliza Danilo, el de la pluma de ganso, porque el hijo de una “familia franquista” sea el marino español elegido por la OTAN para uno de sus vídeos promocionales. ¡Hay que joderse! con el memorial de agravios del ganso socialcomunista de Público contra la familia Chicharro: el padre es el presidente de la FNFF y el hijo, también militar, lleva en su uniforme, según el ganso Danilo, el estigma imperdonable del padre.

Por eso Danilo los quiere arrojar a los dos a los cocodrilos del Nilo tal y como sus abuelitos ideológicos arrojaron a las fosas de Paracuellos de Jarama a ocho mil españoles como el general Chicharro y su hijo. Esos son los sueños húmedos del tal Danilo. Sueños que fueron y son la pesadilla de España.

Conozco, quiero y admiro al general Juan Chicharro. A su hijo, no. Pero me atrevería a decirle al teniente de navío Juan Chicharro que puede decir con orgullo lo que Goethe decía de sí mismo: “Padre, no soy más que la herencia de tu nombre”.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )