Blaise Pascal escribía, en el siglo diecisiete, que la enfermedad es el hombre. No es hipérbole ni juego de palabras. En la enfermedad, se hacen presentes a los hombres sus características más propias. Ser efímero, en primer lugar: pero eso no es, desde luego, una exclusiva humana. Saberlo, sí: saber que somos criaturas en el tiempo; y, en esa exacta medida, seres siempre horadados por la muerte.

En la enfermedad, irrumpe la constancia de lo precarios que somos. Como todas las experiencias críticas, puede servirnos para entender y ser más libres, o bien para entontecernos y hacernos naufragar en lo más penoso.

La pandemia china, en cuyo huracán vivimos desde marzo, ha sacado en nosotros lo mejor: actitudes estoicas que quedan habitualmente desdibujadas en las inercias de la vida más calma; médicos y enfermeros, sobre todo, han dado la muestra de una entrega admirable, de la cual todos nos sabemos hoy deudores.

Pero estos tiempos de urgencia y de completa incertidumbre, estos tiempos en los que una enigmática enfermedad al acoso se ha trocado en amenaza de la cual nadie puede sentirse libre, han sacado también -y sería muy poco inteligente negarlo- vetas que hablan de lo peor del alma humana; y han potenciado ese peor hasta extremos que pocos hubiéramos juzgado verosímiles.

Hay variedades bien diferenciadas de ese «peor». La más sencilla es, desde luego, la del poder político que, cuatro meses después de iniciarse la pandemia, sigue sin proporcionar la cifra -tan sencilla de establecer- de los muertos. Porque juzga que los muertos restan votos.

Y porque sabe que un discurso triunfalista, adecuadamente multiplicado por los monopolizados televisores, puede convertir una tragedia horrorosa en una jovial celebración y proceder a un ventajoso trueque de cadáveres por escaños. Da asco, pero no sorprende.

La política es eso. Sobre todo en nuestro país: en un país sin Estado, o con Estado fallido, los políticos no pueden ni plantearse actuar como hombres de Estado -¿dónde está eso?-. Y entienden muy bien que es, el suyo, no un trabajo de servicio a la nación ni a los ciudadanos; sólo una apropiación arbitraria de los más altos honores y los mejores sueldos. Un chollo.

Si la indecencia de los políticos no me ha sorprendido, porque no hay nada ya en esa gente que pueda sorprender a nadie, sí me ha dejado atónito la vileza extrema de esos vehículos de la opinión privada a los cuales se da en llamar las redes sociales. Y que han mostrado, en estos meses, su verdadera condición de basurero.

No tengo redes. Hace unos años, hube de batallar con Twitter durante meses para que cerraran la cuenta con la que alguien había usurpado sin control alguno mi nombre y mi obra. Me he blindado, en todo lo que he podido, frente a ese territorio donde sólo mora el fraude.

Y, aun así, mi correo electrónico se ha llenado, desde marzo, de los mensajes más canallas, que gentes ingenuas rebotaban sin darse cuenta de hasta qué punto sus consecuencias son criminales. Porque criminales son los bulos de quienes, en las redes, aseguran que el virus no ha existido nunca; de quienes juran que la vacuna será una inserción en vena de misteriosos chips informáticos cuya función sería envenenarnos y controlarnos, de quienes proclaman que las mascarillas han sido impuestas para matarnos o esclavizarnos…

Parece imposible que la amalgama de maldad y necedad humana pueda ir tan lejos. Pero es que la enfermedad es epítome del hombre: lo mejor y lo peor se disparan con ella.

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Linda Galmor