DE DOÑA IRENE A DOÑA INÉS

Si en la Casa Blanca hay un republicano garrotón y populista, ¿por qué no puede haber un socialdemócrata cesarista en el Palacio de la Moncloa que viaje en avión? En esta época plebiscitara, líquida, cuando empalmarse es delito, no es de extrañar que alguien intente tomar el poder y el pelo poniendo el escroto en las urnas y dando cera a sus adversarios.

Como los saltadores de pértiga, el presidente en funciones dispone de tres intentos para superar cada altura y sólo ha intentado dos. Hasta los políticos que ha fumigado reconocen su determinación. Alberto Garzón, dirigente de IU, ha dicho que Pedro Sánchez tiene detrás un retrato verdaderamente heroico, casi épico: el de un socialdemócrata que se apoyó en las bases para derrotar a los barandas.

Ahora, ese hombre que cree en sí mimo sobre todas las cosas ha despojado a su proyecto de las enfermedades infantiles del gauchismo. Como los grandes estadistas, miente con un cuajo aterrador. Todos los días declara que los de Podemos le han negado el apoyo cuando fueron los que le hicieron presidente y le montaron la campaña electoral con la que obtuvo 123 diputados.

Pero sus sueños son más altos y aspira a lograr más escaños o, si no, a gobernar con Ciudadanos como bisagra dando a doña Inés el papel que nunca quiso dar a doña Irene.

No le nieguen coraje: vuelve a dar el salto de la garrocha en unas elecciones en las que las urnas pueden ser su tumba. Como el pueblo se dé cuenta de que hay por fin en España un caudillo democrático que aspira a un Ejecutivo estable, que después de engañar a los nacionalistas compartiendo autonomías y ayuntamientos, es capaz de aplicar el 155, le darán más de los escaños que necesita.

He ahí un político capaz de darle aire al cubilete para tirar lo dados, echando su suerte en la apuesta, presentándose como tribuno de la plebe y del Ibex. Se ha colocado en el centro del ruedo después que se lo dejaran libre los sopas. Primero, les quitó el Gobierno en una siesta y ahora les puede mandar a la oposición 10 años con un discurso que tranquiliza a los banqueros, a Europa, a la Monarquía y a la madre que los parió a todos.

Le acusan de ególatra, de distorsionar la realidad diciendo que el bloqueo son los otros, de querer ser presidente en vez de primer ministro. Pero como ha dicho Alberto Garzón, «la política hoy tiende a funcionar con un hiperpresidencialismo».

Los que van a morir le saludan. Y no es cierto ese tópico tan usado en estos días, según el cual las elecciones las carga el diablo; las cargan los intereses, las manías y las venganzas. Cada uno es su propio satanás a la hora de votar.

Raúl del Pozo ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor